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Maigret en Afganistán

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Dick Cheney viajó hasta Pakistán para entrevistarse con el presidente Pervez Musharraf. A exigirle mano dura contra las infiltraciones de los talibanes en zonas de la frontera donde gozan de apoyo logístico, sobre todo ahora que la insurgencia amenaza con la ofensiva de primavera. El poder del general Musharraf, su posibilidad de sobrevivencia, oscila entre la impresionante ayuda económica estadounidense y la oposición popular en su país a la ocupación extranjera del país vecino. Las presiones de Washington sobre Islamabad resultan hoy más necesarias, dada la negativa europea (con la excepción británica) a un aumento de sus fuerzas militares en Afganistán. El vicepresidente partió después rumbo a Kabul, pues debía informar al cipayo Karzai antes de regresar a Washington. Un hombre llamado Mullah Abdul Rahim, de la provincia de Logar según fuentes talibán, tenía la misión suicida de acabar con la vida de Cheney. Entró en la base de Bagram, pasó el primer control e hizo explotar la bomba cuando intentaron detenerlo en el segundo. Murieron 23 personas, resultando heridas otras 20, se supone militares. Al escuchar muy cerca la detonación, los guardaespaldas entraron en el cuarto de Cheney, desde donde lo condujeron inmediatamente a un búnker subterráneo. Washington intentó restarle importancia al atentado. Dijeron que ni interrumpieron el sueño de George Walker Bush para darle la noticia. El vicepresidente ofreció su propia opinión a la prensa: “Los talibanes intentan cuestionar la autoridad del Gobierno central. Supongo que este ataque forma parte de esa campaña”. ¿Propaganda armada? Los supuestos autores del atentado declararon que simplemente trataron de matar a Cheney. David Rodríguez, comandante de las tropas gringas en Afganistán, consideró que este tipo de ataques aumentará durante los próximos meses. Vale. ¿Pero a nadie preocupa el alcance de los servicios de espionaje talibanes, capaces de ponerse al día sobre un viaje secreto e imprevisto a una base militar estadounidense situada a unos 60 kilómetros de la capital, introducirse en ella y activar una bomba? Un militar de Pakistán, el ex general Talat Masood, mantiene su propia tesis: “El atentado demuestra hasta qué punto los militantes (la insurgencia) tiene infiltrados los servicios de inteligencia afganos”. Tampoco cabe descartar una iniciativa de sectores policiales o militares paquistaníes de obediencia islamista. En todo caso, un atentado de semejante calibre excluye la improvisación a cargo de la insurgencia. Insisto. Impresiona la escasa importancia que Washington y los medios de comunicación concedieron a un acontecimiento tan grave. Maigret sacó su conclusión sobre esta actitud, aunque esta vez no alcanza para una novela de misterio. Piensa el inspector gabacho que el presidente Bush ya carga demasiados problemas en Afganistán como para exhibir públicamente otra debilidad terrible en tiempos de guerra: unos servicios de inteligencia aliados (afganos y/o paquistaníes) infiltrados por el enemigo hasta el extremo de mostrarse capaz de atentar contra la vida del vicepresidente de Estados Unidos. Puede. Maigret siempre tuvo mucho ojo.

Rafael Morales

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