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Manual del candidato

En esta sociedad nuestra tan posmoderna, hemos asumido sin cuestionar la idea de que los acontecimientos de nuestro pasado más remoto poco tienen que aportarnos para entender el origen y el sentido de muchas cosas que protagonizan nuestros días

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En esta sociedad nuestra tan posmoderna, hemos asumido sin cuestionar la idea de que los acontecimientos de nuestro pasado más remoto poco tienen que aportarnos para entender el origen y el sentido de muchas cosas que protagonizan nuestros días. Sin embargo, nos podría sorprender la cantidad de acontecimientos ya referidos por los autores clásicos que parecen estar describiendo situaciones de máxima actualidad. He recuperado para estos días finales de curso un texto que he leído con los alumnos en nuestra última clase de Historia Antigua. Se trata de una obrita titulada “Manual del Candidato” ( Commentariolum petitionis) que se atribuye a Quinto, el hermano del más conocido Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a.C.). En este breve texto de no más de seis páginas, Quinto le hace una serie de observaciones y sugerencias a Marco ante la inminencia de su campaña electoral, dado que se presenta como candidato al cargo de cónsul, la más alta magistratura de la antigua república romana. El año correspondería al 63 antes de Cristo, pero si lo leemos con nuestros ojos actuales, veremos que bien podrían los asesores de campaña de nuestros muchos candidatos de ahora ponérselo como lectura de “mesita de noche”, para que al menos sepan por qué están haciendo muchas de las cosas que hacen.

“A pesar de todos sus inconvenientes, una campaña electoral tiene al menos la ventaja de que permite decir y hacer cosas inconcebibles en situación normal y de que, incluso, está bien visto mezclarse con individuos cuyo trato sería impropio o vergonzoso en otra situación. Te aseguro que si no haces eso (y cuanto con más gente, mejor) se pensará que no te tomas en serio las elecciones”. ¿Cuándo a dónde podríamos imaginarnos ver a todo un Señor Presidente del Gobierno de una nación pasearse por las calles de la capital montado en una bicicleta alabando las bondades del ejercicio (eso sí en una bicicleta motorizada)? Ya en la Roma Antigua, se vivía la campaña electoral (y piensen que ésta era cada año, no cada cuatro como ahora) como un periodo de carnaval en el cual todo estaba permitido, todo era válido para lograr el objetivo final. Desde el momento en que el aspirante se vestía con la toga blanca ( toga candida) que indicaba que se postulaba para el cargo ( candidatus) hasta la parafernalia que rodeaba su casa y su día a día: “Estar siempre en el candelero es indudablemente necesario, pero los beneficios de una continua presencia no vienen sólo de ser bien visible en Roma y en el Foro sino de no olvidarse jamás de los votos, de —si fuera preciso— pedirlos una y otra vez a las mismas personas y, en la medida de lo posible, evitar que haya alguien que pueda decir que no le ha llegado —y de modo claro y convincente— el mensaje de tu candidatura”. ¿Quién podría sustraerse de conocer quiénes son los candidatos si sus relucientes caras están colgadas de todas las farolas y espacios disponibles de nuestras calles? ¿Si sus mensajes son repetidos en radios, televisiones, periódicos y todos los canales alternativos que puedan ser susceptibles de ser usados? El voto es el objetivo, como ya lo era hace más de dos mil años en Roma.

Resultaba curioso ver cómo los alumnos al leer estas palabras escritas y casi olvidadas abrían sus ojos al comprender no sólo que la historia continuamente se repite –aunque con nuevos protagonistas–, sino que el pasado tiene todavía muchas cosas que ofrecernos para entender el presente. ¿De dónde vienen las campañas electorales? ¿Cuál es la razón de que los candidatos se comporten de esa manera? ¿Qué entresijos están presentes en torno a la votación? Porque, tampoco lo ignoremos, los mismos problemas que están sobre la mesa ahora, ya se los habían descrito a Cicerón hace dos milenios: “Lucha, pues, con todas tus fuerzas por lo que deseas. No creo que una elección pueda amañarse hasta tal punto que algunos grupos —sin necesidad de comprar sus sufragios— dejen de votar a su candidato preferido; por lo tanto, si no te descuidas, si movilizas suficientemente a tu gente, si repartes bien las responsabilidades entre los tuyos con influencia, amenazas a tus oponentes con investigarles, metes miedo a los caciques y espantas a los que compran votos, podrás conseguir que las elecciones sean limpias o, al menos, que la corrupción no afecte al resultado”.

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