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Nacionalismos decimonónicos

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Repaso estos días una novela histórica antes de mandarla a mi agente literaria: Nacido en otro siglo, en la que narro las vicisitudes de José María Blanco White, (Sevilla 1775, Liverpool 1841), el eximio poeta de ascendencia irlandesa, extraordinario escritor autor de Letters from Spain y sacerdote heterodoxo emigrado a Inglaterra.

Una novela no se termina nunca. Yo suelo dar a las mías como mínimo cinco vueltas, pues siempre aparecen fallos, redundancias o faltas ortográficas. Dándole la segunda a Nacido en otro Siglo no pude evitar el sonreír a la vista de lo que yo mismo novelé, basado en datos ciertos. Nunca, o pocas veces, me había reído de mí mismo. Situemos la escena: en su casa de Londres, Blanco White recibe a dos exiliados de aquella España tenebrosa fernandina durante la década ominosa (1823-1833). Se trata de Joaquín de Villanueva, canónigo valenciano, y del Dr. Puigblanch, catalán ampurdanés, personajes tan reales como su anfitrión. Ambos meriendan chocolate con picatostes y bizcochos, echan pestes del rey felón y de su ministro Calomarde y cuentan sus proyectos a Blanco, ya sólidamente establecido y apreciado en Inglaterra, para que los apoye en la publicación de cierto proyecto literario. Pero pasemos ya al breve sketch relacionado con el nacionalismo que iría, si el hado y la Esfera de los Libros, mi actual editorial, lo disponen, en las páginas 256 y 257 de la dicha novela. Transcribo literalmente:

< ?Puigblanch y Villanueva se disputaron el último bizcocho. Sus rostros congestivos, rubicundos, traducían que se hallaban a gusto. Resultaba evidente que echaban de menos las meriendas de su tierra.

- Lo que ya tengo culminado son unas controversias político- administrativas sobre nuestra patria que, con el título de La Regeneración de España, podría tener dispuestas para la imprenta en un plis-plas, - aseguró Puigblanch.

- ¿De qué tratan?, - preguntó Villanueva.

- De la nueva organización de la república teocrática, pues aquél sería mi sistema de gobierno.

- ¿Teocrática? ?dijo Blanco. Pensé que eras ateo.

- ¿Ateo yo?.. Ponme un poco más de té y alárgame un bizcocho, por favor. De ateo nada. Simplemente desengañado de la religión. Mi sistema estará regido por Dios a través de sus ministros. Si funciona en el Monte Athos, no veo por qué no ha de hacerlo en nuestra dolorida y castigada tierra. Lo primero que haría sería organizar una confederación de tres repúblicas: Celtiberia, Hesperia Occidental y Hesperia Oriental, poseyendo todas mancomunadas la plaza de Ceuta, cuyo gobierno ejercerían por turnos de año y medio.

Blanco, que bebía en aquel momento un sorbo de su té, estalló en una incontenible explosión que bañó a todos de la infusión caliente.

- Perdón, - se apresuró a decir. Tengo una tos vespertina que no consigo controlar. El dichoso tabaco? Prosigue con tu interesante regeneración, te lo ruego.

Puigblanch, levemente alterado, con la mosca en la oreja, dudó antes de continuar. Miró a sus tertulianos. Vio interés no fingido en los ojos de ambos. Se limpió de restos de saliva la pechera con una servilleta, no sin antes apurar una olvidada esquirla de bizcocho.

- La alta magistratura confederada se ejercería por periodos de dieciocho meses, alternándose en la poltrona un castellano-leonés, un catalán, un andaluz, un vasco y un gallego. Los subsecretarios, para evitar agravios comparativos, serían fijos, uno en cada ministerio: murciano, canario, extremeño, asturiano, balear, aragonés y valenciano.

- ¿Qué hay de los melillenses? ? preguntó Blanco, que no disfrutaba tanto desde los tiempos de la tertulia del abate Alea. (1)

- Ahí me atasqué, - reconoció Puigblanch. Tengo dudas sobre hacer de Melilla nación propia o incorporarla a Málaga. Lo que sí tengo claro es que habría que inutilizar el puerto de Barcelona en aras a la navegación del Ebro.

Un silencio de páramo se abatió sobre el trío. Villanueva entendió al fin que alguna cosa disonante chirriaba. Blanco, restregándose los ojos para comprobar que no soñaba, admiró la entelequia del eximio precursor de Pi y Margall, por lo de catalán, federal y panteísta. El té se había acabado y su paciencia. Levantó el campo y se las arregló con el portero para que, en adelante, impidiera el acceso a su casa de tamaña y desmadrada tropa>

Sin comentarios.

(1) El abate Alea, natural del delicioso pago costero de Lastres, en Colunga, Asturias, fue famoso en el Madrid anterior al dos de mayo de 1.808 por sus tertulias a las que asistió José María Blanco White.

* Cirujano y escritor.

Antonio Cavanillas*

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