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Narciso canario en su jaula

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El hombre narcisista vive en una sociedad atrapada, en la vorágine del crecimiento acelerado y, lejos de sentirse ajeno a esa endiablada velocidad, contempla con fe (fundamentalista) los progresos que su mundo hace, y plantea sus momentos como de evasión fugaz, de carpe diem. Esa autocontemplación le impide comprobar que el oro es el de los barrotes de su propia jaula, y que le alimentan en dosis abundantes, pero de letal caducidad. Carece de autonomía, pero eso no le importa, porque ¿para qué la libertad si la esclavitud es tan dorada? No teme al futuro el Narciso con niños, porque ¿qué tiempo hay para el futuro si no tengo tiempo para consumir en el de hoy? El atrapamiento del hombre occidental es el de la lejanía de los recursos reales del asfalto metropolitano que los devora. Como el movimiento conlleva energía, traer recursos a cada vez más narcisistas, con ese ritmo creciente, se vuelve misión imposible en la era de la escasez fosilista.

El abrazo de Narciso a la realidad será traumático, aunque se dice que ya lo es su fatal convivencia solitaria con los objetos de consumo. Una sociedad que atrapa a sus miembros en el metabolismo de la obesidad ? mecanismo fisiológico que consiste en acumular lo que no se puede evacuar, apropiada figura de nuestra sociedad que exuda residuos que termina digiriendo de nuevo- está condenada a una dieta de órdago, en un planeta de materiales finitos.

La sociedad atrapada consiste en una en la que es muy difícil salir de ella: realmente casi cualquiera lo es, aunque ésta tiene la característica de que es global, y que se han acabado las fronteras por explorar, a las que escapar. Si todo lo que nos rodea es fruto repentino de la fugaz desmesura, Narciso deberá rodar con su incomprensión por los caminos infértiles que dejan los planes parciales y los pasillos interminables de los centros comerciales, cuando se repliegue la ola de abundancia para dar paso a la histórica fase del ajuste de cinturones a tallas ya olvidadas. La regla del Narcisismo, arrogante que despreció a Eco para contemplarse él mejor, es la castración química de la cooperación. Directamente el otro es el enemigo, y se forjarán receptáculos de odio para clavar su frustración sobre el más débil: es un mecanismo biológico de lucha por los recursos "a los que tengo derecho". O bien, quizás más pacíficamente, puede seguir Narciso en su ensimismamiento glotón, y dejar que sean otros los que le suministren las dosis decrecientes de los nuevos tiempos. Quién sabe cómo reaccionará nuestro hombre al pisotón de los límites del planeta en el charco que le servía de blandengue templo para su contemplación, en esta traca final de la feria de las vanidades.

Juan Jesús Bermúdez

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