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La Navidad, la crisis y 33 porteros

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Si les digo que estas pasadas navidades han sido como la de años anteriores, no estaría siendo del todo sincero. La realidad social que se está viviendo en nuestro país ha terminado por contaminar buena parte de la alegría y el desenfreno que se habían convertido en el sello de unas fiestas cada vez más paganas y sin guardar casi ninguna relación con el suceso que celebraban en su origen.

No obstante, los cambios son lentos y, además, nuestros paisanos siempre se han resistido a dejarse influenciar por los factores externos, a imagen y semejanza de la mítica Agustina de Aragón. La frase "más vale malo conocido que bueno por conocer" nos llevó, por ejemplo, a soportar los desmanes de una dictadura que nos retrasó décadas tanto en lo social como en lo económico, aunque eso es otra historia.

Volviendo al tema que nos ocupa, hay elementos que, invariablemente, se han repetido durante estas fiestas, a priori austeras, pero que, como suele siendo habitual, se acabaron convirtiendo en un derroche innecesario y vacuo, otro sello de fábrica de nuestro país.

Ya sabe lo que dicen "Si uno no engorda en navidades, es que no lo pasó bien" y el resto es historia. Poco importa que las personas tengan unas costumbres previas, las cuales suelen estar reñidas con comidas que sólo conducen a un malestar general durante los días posteriores al exceso en cuestión. Poco importan los gustos de cada uno. Hay que comer MUCHO y alimentos que no por su nombre ?y su elevado precio- te deben gustar. Además, los que gustan de llenar las mesas de manera desproporcionada se olvidan de una cosa; es decir, si de lo único que te acuerdas es de lo que comiste y/o cenaste, la velada fue un espanto absoluto.

Para mí, y más teniendo en cuenta que me paso 11 de los 12 meses del año fuera de mi ciudad natal, lo importante no es lo que como sino con quien. Me dan igual las viadas que se pongan sobre la mesa, dado que mi interés es el de compartir una velada con quien solamente veo una o dos veces al año. Y carga mucho las tintas tener a alguien dándote la lata con tal y cual plato. Se supone que ya somos mayores y cada cual sabe lo que quiere y cuánto quiere comer. Lo demás es anteponer las costumbres a las personas y nunca me ha parecido bien.

Es igual que el disparatado y ridículo ritual del 31 de diciembre con las prendas de colores, las uvas de la asfixia, perdón, de la suerte y todas las zarandajas que rodean una celebración como ésta. En primer lugar no considero que sea una buena forma de empezar el año con la boca llena de uvas y con el peligro de quedarse sin aire por culpa de una de ellas. Me gusta comer uvas, pero no de esa forma y menos porque alguien me diga que hacerlo trae suerte. En mi experiencia la suerte no existe salvo que pongas todo tu empeño en lograr alguna meta y, además, prefiero el color negro al rojo.

Por añadidura sería bueno que el común de los mortales dejara de creer en la suerte que nos salvará a todos de la debacle y ponernos serios y enfrentarnos a la realidad. Si uno se detiene a ver los miles de carteles que adornan nuestras calles, plazas y avenidas ?Se Vende y/ o Se Alquila- podrá comprobar que muchos están ya desteñidos de estar al sol, señal de que se no se colgaron ayer. La crisis empezó hace años, aunque pocos fueron capaces de verlo, en medio del derroche, el desatino y el más difícil todavía.

Al final, el sueño, como la burbuja inmobiliaria estalló y quien ahora piense que dentro de unos años las cosas serán como antes, se engaña y por partida doble, porque las cosas antes tampoco iban tan bien.

No obstante, si en algo no han cambiado demasiado las cosas es que, para el español medio, es mucho más importante socializar que preocuparse por la formación de las personas. Y que conste que no tengo nada en contra de salir a beber algo, aunque, como ya dije antes, lo que me importa es con quién salga y no el sitio o la bebida en cuestión.

Presumir de tener más establecimientos de restauración que en cualquier parte del mundo me parece, además de una absoluta majadería, hacer gala de una ignorancia supina, sobre todo porque en nuestra sociedad hacen falta más colegios, guarderías, casas de acogida, centros de día, campus universitarios, bibliotecas, mediatecas? y mucho menos bares, cafeterías y restaurantes.

Lo malo es que sigue estando mal visto venir desayunado de casa, no tomar tres cafés al día y no salir los fines de semana para desahogar las penas acumuladas a lo largo de la semana. Y si esto se hace delante de una biblioteca hacinada desde hace 20 años, pues mejor.

Ya saben que la ignorancia es muy atrevida y la caradura es ENORME a lo largo de nuestra geografía. De otra forma no se concibe que en un lugar de Galicia se tuviera el VXUYT/)T%&() de contratar 33 porteros para custodiar?3 puertas.

Si alguien se pregunta por qué está nuestro país en el lamentable estado en el que está, será bueno que se diera una vuelta por su ciudad/ pueblo/ provincia y se detuviera a ver la colección de esperpentos urbanísticos construidos a la mayor gloria del disparate. Edificios descomunales prácticamente vacíos; piscinas olímpicas y pabellones deportivos en pueblos de 100 habitantes -la mayoría de ellos, llenos de ancianos-; avenidas propias de los emperadores romanos en localidades minúsculas; puertos dignos de los fenicios, pero sin barcos; enseñas patrias dignas de régimen bananero; aeropuertos sin aviones; hospitales sin enfermos; museos sin obras de arte; y cientos y cientos de enchufados y/ o colocados en la administración pública sin oficio ni beneficio, pero con un enorme coste para las arcas nacionales.

Sí, en eso, nuestro país no ha cambiado y, aún hoy se siguen multiplicando los cargos de confianza, la duplicidad en la administración y los actos propagandísticos que sólo buscan perpetuar en su cargo a un determinado cargo mientras en España hay seis millones de parados.

Sí, seguimos siendo un país de "charanga y pandereta, cerrado y sacristía? de espíritu burlón y alma inquieta" como escribiera el gran Antonio Machado. Nos sigue dando miedo asumir responsabilidades y siempre buscamos sobre quien descargar las culpas, aunque ahora sólo queda ponerse a trabajar y no cejar en el empeño de lograr salir de la crisis en la que estamos inmersos.

Mientras seamos tan laxos en muchos aspectos y tan tolerantes con la soberbia, la ignorancia y la prepotencia de quienes dicen gobernarnos deberemos asumir esperpentos, tales como la "milla verde" de la capital de Gran Canaria, uno de los muchos ejemplos de la incapacidad manifiesta de los cargos electos por dejar a un lado el cartón piedra y los grandes "palabros" y ponerse a trabajar sin tanto ruido mediático a su alrededor.

De otra forma, ya no serán 33 los porteros necesarios para atender 3 puertas sino 66, 99? y así hasta el infinito. La moraleja es que si de esa forma se logra apaciguar los ánimos y darle un placebo al ciudadano de pie ?un puesto en la administración, para ser más exactos- todo vale, aunque dicha forma de pensar nos haya llevado al agujero en el que estamos ahora.

De no cambiar de registro costará mucho salir del mencionado agujero, en especial mientras no se valore más a las personas y menos las costumbre y el estilo de vida "mediterráneo y español", tal y como sucede con las navidades antinaturales que muchos se empeñan en mantener para desgracia de quienes deben soportarlas.

Veremos qué ocurre en años venideros, pero dudo que muchas cosas cambien sobre todo porque quienes aceptamos cambios en nuestra vida vivimos lejos de casa, mientras el resto perpetua, una y otra vez, las taras y los defectos de nuestro imperial, vetusto y depauperado país.

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