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Hasta que Obama nos defraude

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De momento quedémonos con lo positivo. La elección de Obama es una muy buena noticia para los Estados Unidos y para el mundo. Después de ocho ominosos años con el incapaz de George W. Bush como inquilino del despacho oval de la Casa Blanca, se abre un horizonte innegable de esperanza que hará correr una corriente de aire fresco y respirable por los nuevos modos y maneras que exhibirá en su presidencia el senador por Illinois. Su carrera es, una vez más, la encarnación del sueño americano, y la lectura de su biografía demuestra que una hazaña como la que ha conseguido únicamente es posible en los Estados Unidos.

En poco más de 20 meses Barack Obama, nacido en Hawai, hijo de madre de Kansas y padre keniano, ha logrado un hito que, sin ambages, bien puede calificarse de histórico, porque ese calificativo y no otro es el aplicable a la circunstancia que acaba de producirse con la elección del primer ciudadano negro ?o afroamericano en aras de lo políticamente correcto- como primer mandatario del país más poderoso del planeta. Hay algo de kennediano en la fuerza que irradia el presidente electo, un político joven y vigoroso que encarna la lucha secular en su país por el reconocimiento de los derechos civiles para su colectivo y que, de alguna manera, recoge en su incontestable y rotunda victoria el testigo de otros líderes de gran carisma como Martin Luther King, en EE.UU., o Nelson Mandela en Sudáfrica.

Lo que no conviene, desde el primer minuto, es llamarse a engaño. Obama es un político que no puede ser calificado de izquierdas desde la perspectiva y la óptica europeas. Claro que es más progresista que McCain e infinitamente más inteligente que Bush, pero que nadie espere de él un giro copernicano en la política interior y exterior de los Estados Unidos. Para nada. Con seguridad dejará su sello, marcará una tendencia presidencial propia y evidenciará un ligero cambio de las posiciones norteamericanas en el tablero internacional, pero de ahí a pensar que es un representante de la Internacional Socialista, como algunos ilusamente creen, media un abismo por el que pueden despeñarse muchas expectativas surgidas del desconocimiento o de la confusión torpe de los propios deseos con la cruda realidad. El próximo presidente norteamericano no es contrario a la pena de muerte y se manifiesta abiertamente en contra de los matrimonios homosexuales, entre otros asuntos que marcan distancia con postulados de progresismo avant la lettre?

Al cabo de los meses, cuando Obama tome decisiones, elija equipos y apruebe leyes, defraudará en alguna manera por la gran cantidad de expectativas que hay ahora depositadas en su persona. Habrá que saber captar los matices, las finas líneas que marcarán su tiempo político, en la certidumbre de que no se va a producir una ruptura brusca con lo anterior ni un movimiento que suponga el más mínimo sobresalto para la inmensa mayoría de los norteamericanos. El comandante en jefe de sus tropas, el presidente de su nación no les inquietará con sus decisiones a la hora de la cena. Obama encarna el cambio, pero no una revolución. Su elección es una buena noticia si nadie comete el error de suponer que Estados Unidos se ha hecho de izquierdas de la noche a la mañana.

* Antonio San José es periodista y analista político de elplural.es

Antonio San José*

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