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Obra social de La Caja hacia la crónica de Gabo por Guillermo Perdomo

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Así andamos, la mayoría de las veces, en una ceguera constante de la que salimos, en contadas ocasiones cuando ocurre alguna circunstancia especial, de la misma forma que le ocurre al emigrante que recuerda de su tierra natal la brisa marina, la visión de una calle, el olor de una comida, la charla con los amigos o la sonrisa paterna.

Sin embargo, hay momentos en que ni siquiera esa ocasión especial es capaz de abrirnos los ojos. Acostumbrados a como estábamos a que la Obra Social de La Caja actuara en el arte, la cultura, el deporte, las ayudas sociales? no habíamos prestado atención a su importancia para nuestras islas. Suele suceder.

Pero los tiempos han cambiado. Vertiginosamente La Caja se ha disuelto en un ente llamado Bankia. Bankia se ha diluido en una extraña operación de nacionalización (que recuerda otras maniobras orquestales en la oscuridad). Y en breve, ya sin nombre propio y sin resquicio de preacuerdos previos de épocas anteriores, pasará a formar parte de algunos de esos monstruos financieros que nos rondan: Santander, BBVA o Caixa Bank. Yo me inclino, por varios motivos, por el del medio, aunque eso sea lo menos relevante del caso en estos momentos. Y cuando eso llegue, ya no habrá Obra Social de ningún tipo y ya no habrá ayudas a proyectos sociales, ni financiación para el deporte base y si nos apuramos, tampoco habrá patrimonio artístico (del patrimonial habrá quedado muy poco) y una de las más amplias y completas colecciones artísticas de Canarias podría desvanecerse por arte de magia.

En menos de dos años la Obra Social habrá fallecido si no se produce una implicación total de las instituciones, si Cabildo Insular y Ayuntamiento no toman cartas en el asunto, si algunas de nuestras empresas no hacen labor de mecenazgo. La crisis económica nos tiene muy despistados, mirando números y balances, y en ese estado neurótico en el que estamos inmersos es muy probable que Santiago Nasar caiga muerto en medio de la plaza sin que nadie haya intentado evitar el desaguisado.

Guillermo Perdomo

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