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Ortografía

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Tendremos que escribir, dicen los informativos, guión sin tilde, como truhán (¿afectará a la canción de Julio Iglesias?) y sólo de solamente como solo de soledad (que bonito es esto, casi un verso), entre otras cosas? Como si a la gente le importara. Hace décadas que ya se escribían sin el acento ortográfico, esas y muchas otras. La que parecía haberse liado con esa ye y con la b corta. Lo que podía haber motivado un verdadero debate ortográfico al final ha quedado en eso, en nada, como no podía ser de otra manera en esta España querida, analfabeta y juerguista. Y debería haberlo provocado porque, y esto no es ninguna exageración, por primera vez en la historia de la alfabetización, las nuevas generaciones escriben peor que sus predecesoras (también leen peor y saben menos, pero no quiero hacer leña del árbol caído).

Chocan, así, las palabras del príncipe Felipe cuando hace esa alabanza y defensa del correcto escribir como "nuestra morada vital". Aquí se le saltan a uno hasta las lágrimas, con y sin tilde, daría igual. Mientras la Academia se afana en acordar unas reglas para todas las comunidades de habla hispana, lo cual es una obligación y una exigencia, los niños de primaria se pasan en día coloreando letras, haciendo fichas, cargando sus mochilas de libros que les hacen comprar para enriquecer a las editoriales y perdidos y aburridos entre un montón de cosas sin haber aprendido, en primer lugar, las básicas: a leer y a escribir. Claro que esto daría para mucho, porque resulta que un porcentaje demasiado elevado de quienes tienen que enseñar estas cosas reconoce abiertamente que durante el curso escolar no lee ningún libro en la Facultad. Luego basta pasarse por la sala de profesores de los centros para ver los carteles plagados de faltas.

Nuestra morada bital vorvónica está bien como está, dirán muchos. Ahora este carísimo libro (cuarenta euros vale la norma) aparecerá en las listas de los más vendidos. Ya se sabe, esos libros caros que se regalan en Navidad y que no se leen, porque lo de los buenos sentimientos está bien pero hasta cierto punto. Sin embargo, al final, pasará sin pena ni gloria para el hablante normal y corriente. El analfabetismo funcional en España es imparable, si no que se lo digan a los profesores universitarios, que nos echan las culpas a los de secundaria pero ellos bien que aprueban a todo quisqui. Más que un texto, los académicos deberían llegar a un acuerdo con las grandes compañías que gestionan algunos chats, redes sociales y blogs sin límites de caracteres para que, con un sencillo programa, fuera imposible escribir con faltas de ortografía en el ciberespacio (esto debería patentarlo). De nada sirve editar una obra, que nos dicen es ambiciosa, cuando todo el mundo ya le dio la espalda muchos años antes de que apareciera.

José María García Linares

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