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Palestina: ¿Dos Estados?

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Para eludir las críticas de una clase política volcada en el ilógico positivismo, los analistas trataron de ocultar otros aspectos clave que obstaculizan el diálogo entre las dos comunidades: la intolerancia, la violencia, la falta de voluntad política a la hora de buscar respuestas válidas para la solución duradera de esta pugna, cuyas raíces se remontan a los conflictos tribales descritos en el Antiguo Testamento. A finales de 2004, tras la desaparición de Yasser Arafat, los poderes fácticos del planeta empezaron a tener dudas respecto de la viabilidad del diálogo entre el establishment político de Tel Aviv y la cada vez más débil y titubeante Autoridad Nacional Palestina (ANP). En efecto, al “irrelevante” Arafat (Sharon dixit) le siguió el “poco representativo” Majmud Abbas (Abu Mazen), un líder poco carismático que gozaba, sin embargo, de los favores la clase política hebrea desde su vuelta de Túnez. Abbas fue, en efecto, uno de los pocos palestinos de la Diáspora autorizados a cruzar la “línea verde” para visitar la casa de su familia, situada en la mística ciudad de Safed. Un privilegio que los israelíes se negaron a otorgar a los demás exiliados de la OLP. Aparentemente, Abbas había establecido excelentes relaciones con sus interlocutores de Oslo. ¿Sólo con ellos? Pero la situación experimentó un vuelco espectacular cuando el “número dos” de la OLP cogió las riendas del poder. Abu Mazen se convirtió en un personaje… poco representativo, que las autoridades hebreas se dedicaron a ningunear a su guisa. Sin embargo, los sangrientos enfrentamientos de Gaza obligaron a Olmert y a Bush a modificar su postura primitiva, depositando inesperadamente su confianza en las dotes políticas de Abbas. Los cambios registrados en las últimas semanas incitan al pragmatismo… Hoy en día, la solución de los dos Estados implica la separación de facto entre Cisjordania y la Franja de Gaza, territorios controlados por dos facciones palestinas rivales: la agrupación laica “Al Fatah”, capitaneada por Majmud Abbas y el movimiento de resistencia islámica Hamas, liderado por el Primer Ministro Ismail Haniyeh. La ruptura provocada por la guerra civil que tuvo por escenario la Franja de Gaza convierte las tierras palestinas en entidades autónomas administradas por Gobiernos de corte político y orientación diferente. En efecto, Gaza permanece bajo el control islámico, mientras que Cisjordania cuenta con un gobierno integrado por tecnócratas laicos. Gaza se ha convertido en el “gran Satán” de Tel Aviv (y de Washington), mientras que Cisjordania cuenta con el apoyo político y financiero de Occidente (UE y los EE.UU.) Cabe suponer que las potencias occidentales no levantarán las sanciones impuestas hace ya más de un año al Gobierno de Hamas. Sin embargo, tratarán por todos los medios de aliviar las condiciones de vida de la población de Gaza, que se halla al borde de la crisis humanitaria. Hace apenas cuatro meses, Abu Mazen y Jalid Mash’al, responsable de Hamas en el exterior, trataron de eludir el estallido de la guerra civil, considerando que sus consecuencias serían catastróficas para el pueblo palestino en su conjunto. Al escribir estas líneas, los daños parecen irreparables. Desde el punto de vista ideológico, Gaza se convierte en el símbolo de la victoria de las huestes del Islam sobre los “infieles” de la OLP. De hecho Hamas, que tuvo que reconocer la legitimidad del proceso de Oslo, la autoridad del Presidente Majmud Abbas y avalar, por otra parte, el plan de paz árabe, se siente desligado de estos compromisos. Actualmente, el poderío del movimiento islámico preocupa sobremanera a las autoridades egipcias, que temen un posible contagio dentro de sus confines. Pero Hamas no parece buscar un efecto domino en el país vecino. Sus portavoces insisten: si Majmud Abbas trata de perseguir a los militantes islámicos de Cisjordania, el combate podría desembocar en una nueva revuelta. Mientras los politólogos hebreos se resisten a contemplar un posible diálogo entre Israel y los palestinos, el presidente egipcio Hosni Mubarak ultima los preparativos para una nueva cumbre regional, que reunirá en El Cairo a egipcios, jordanos, palestinos e… israelíes. No se trata de un mero simulacro de diplomacia de altos vuelos, sino de un intento (¿uno más?) de apagar la llama capaz de provocar un incendio regional de gran envergadura. Una vez más, parece que la solución de los dos Estados queda relegada a un segundo plano. El caos que se está apoderando de los territorios palestinos obliga a los políticos a buscar compromisos de otra índole. Finalmente, conviene señalar que las sanciones económicas impuestas hace un año por la comunidad internacional al pueblo palestino han tenido un efecto boomerang. Y que, hoy por hoy, ninguno de los “dos Estados” que se divisan en el turbio horizonte palestino aceptará el ukase de la hipotética convivencia pacífica con el vecino israelí. (*) Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

Adrián Mac Liman (*)

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