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Penas con pan

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Aguirre confesó un día con desparpajo y sin vergüenza que le costaba llegar a fin de mes con sus más de 6.000 euros. Tenía razón para quejarse porque esta política manirrota (hay que serlo mucho para no llegar a fin de mes con ese sueldo) ganaba bastante menos que el jugador del Real Madrid, ese niño mimoso y engreído que se entristece porque en esos campos de fútbol las aficiones le gritan "Messi, Messi" para fastidiarlo.

Con el dinero que gana (al día se lleva lo que Esperanza Aguirre tarda un mes en juntar) yo me dejaría llamar cualquier cosa. Incluso estaría dispuesto a que me llamasen Mariano Rajoy con tal de llevarme a casa cada mes un millón de pesetas de las de antes. Ya no digo nada de los múltiples millones mensuales del astro de Madeira.

No se puede tener todo: dinero, juventud, calidad profesional? Hay algo mucho más importante que todo eso: la felicidad. Ronaldo no es feliz, Aguirre no es feliz. La gente menos favorecida cree que lo tienen todo y al final no tienen nada.

Yo también estoy triste, pero no por Aguirre o Ronaldo, sino porque ayer falleció Santiago Carrillo a los 97 años mientras dormía la siesta. Fue una muerte dulce y hasta cierto punto feliz. Era un hombre lúcido y coherente que rozó el siglo en plenitud, querido y odiado por sus compatriotas a partes desiguales.

Nunca lo escuché quejarse por él. Se quejaba por las injusticias y los abusos que soportaban los demás, los más débiles. Él era feliz con sus libros, sus amigos, su familia y sus tertulias radiofónicas. Nunca le oí decir "estoy triste", como ahora escucho a dirigentes populares por la dimisión de la marquesa, una mujer que tiene la vida económica solucionada, aunque un cáncer pueda recordarle que es tan mortal como la última mendiga de la villa de Madrid.

La tristeza es un sentimiento humano que no sabe de cuentas corrientes ni de propiedades. Hasta Soria, segundo ministro del Gobierno de Rajoy con más patrimonio, también se pone triste cuando no se sale con la suya o no consigue ser presidente de Canarias.

Los ricos también lloran y el dinero no da la felicidad. A veces, incluso, puede ser la causa de la tristeza de los idiotas. No hay más tontos porque no hay más gente, que decía mi abuelo.

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