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Podemos: consenso y conflicto

Diego Perdomo

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Ahora que Podemos se halla inmerso en el proceso de primarias para la constitución de sus Consejos Ciudadanos tanto a nivel insular como autonómico, consideramos imprescindible describir las dos premisas que han determinado las propuestas de los equipos apadrinados por Pablo Iglesias (las candidaturas Claro Que Podemos) en los procesos electorales de idéntica índole llevados a cabo hasta la fecha.

Primera premisa: el conjunto de consensos, lealtades, pactos (escritos o tácitos) e instituciones que denominamos Régimen del 78 (que otorgaron un periodo de tres décadas de estabilidad a la sociedad española) está en proceso avanzado de descomposición. En el momento de confrontar esta crisis de régimen, la idea primordial a la hora de establecer cualquier tipo de estrategia electoral consiste en asumir que los bandos no están constituidos de antemano. Esta afirmación, en el fondo válida para todo sistema político, se vuelve crucial en periodos como el que atravesamos en la actualidad. Pongamos un ejemplo sencillo.

En un partido de fútbol sabemos de antemano qué jugadores defenderán a un equipo, qué jugadores al otro, qué hinchada animará a un equipo y qué hinchada secundará al otro.  En el caso de la política, el apoyo de los distintos grupos sociales hacia uno u otro de los actores que compiten en la contienda electoral dependerá de las herramientas discursivas y de las propuestas programáticas que éstas realicen. Esta premisa se ve reforzada por la constatación de que, en tiempos de crisis de régimen, las lealtades que los diferentes segmentos sociales tenían para con los partidos políticos tradicionales se encuentran muy erosionadas, cuando no quebradas. De ahí el creciente sentimiento de orfandad electoral que afecta a sectores cada vez más numerosos de la población, y de ahí también la posibilidad del surgimiento de fuerzas políticas capaces de articular una nueva configuración de los bandos.

Partiendo de esta base, la labor a realizar por parte de un partido que tenga la intención clara de vencer en los comicios electorales debe incluir al menos estos tres análisis:

1º: Dilucidación de los segmentos de la población que, aun habiendo roto los asideros que los ligaban simbólica o materialmente a los viejos partidos del régimen, siguen siendo refractarios a la propuesta programática y discursiva de nuestra formación política.

2º: Esclarecimiento de los motivos que los llevan a sentir dicho rechazo. Nos urge la tarea de discernir en qué sectores de nuestra sociedad está calando el discurso del miedo propagado de manera vergonzante por las élites que nos desgobiernan (la famosa casta). Y habría también que diagnosticar si se trata de un miedo basado en las calumnias delirantes que se vierten sobre nosotros (“terminarán acusándonos de haberle susurrado algo al oído al toro que embistió a Manolete”, comentó con sorna Pablo Iglesias en su última aparición en La Sexta Noche) o si se trata más bien de un sentimiento de puro misoneísmo (esto es, aversión a lo nuevo) sin mayores anclajes ideológicos. Recordemos las duras palabras escritas desde las cárceles mussolinianas hace casi un siglo por Antonio Gramsci: “el sentido común es mezquinamente misoneísta y conservador, y hacer penetrar en él una nueva verdad es la demostración de que esta verdad tiene una gran fuerza de expansión y de evidencia”.

3º: Elaboración de prácticas discursivas que contengan esas verdades de las que habla el pensador sardo en el texto anteriormente citado. En definitiva, nuestra misión consistirá en analizar cuáles son las herramientas programáticas y retóricas que permitirán a nuestro proyecto político aglutinar en torno a sí a las mayorías golpeadas y empobrecidas por la crisis.

Segunda premisa: en las sociedades democráticas (y en esto seguimos la evolución última del pensamiento de Chantal Mouffe) hay un elemento antagonista, que sigue la concepción de lo político de Schmitt basada en la dicotomía amigo-enemigo, y que debe ejercerse contra los que no concuerden con los presupuestos mínimos de la democracia. Es decir, son nuestros antagonistas y enemigos los terroristas, golpistas (duros y blandos) y demás caterva de sociópatas antIdemocráticos. Aquí debe establecerse una clara línea de demarcación entre el adentro y el afuera de la legitimidad de las opciones políticas, quedando expulsadas las propuestas anteriormente señaladas. A la hora de establecer esta frontera entre lo aceptable y lo inaceptable deberá llegarse a un acuerdo entre las fuerzas democráticas. Aquí termina la imprescindible labor del concepto de consenso.

Pero a partir de ese punto (insistimos: el de la elaboración del criterio pertinente para dirimir el adentro y el afuera de la comunidad democrática), lo que deberá reinar será el Agonismo (en lugar del Antagonismo) y la asunción de la existencia de adversarios (que no enemigos) legítimos. Y es en este terreno donde cabe afirmar que la pugna electoral, organizativa, ideológica y programática no deberá basarse en el consenso sino en el conflicto. Conflicto, reiteramos, de ideologías, programas, discursos y afectos no sólo distintos, sino en muchos casos diametralmente opuestos,  imposibles de ser sintetizados dialécticamente, y, por tanto, de ser consensuados. Y dicha inevitabilidad del conflicto no debería ser percibida como algo negativo: muy al contrario, la existencia de posicionamientos políticos opuestos es síntoma inequívoco de pluralismo y, por tanto, de salud democrática.

Surge la pregunta: ¿cómo se resuelven esas disputas entre propuestas irreconciliables? La respuesta, palmaria, debe ser formulada sin el menor atisbo de ambigüedad: dándole la voz al Demos, esto es, al pueblo, que se decantará de manera -sobra decirlo- libre y pacífica por una de las opciones en liza.

Resumamos nuestro posicionamiento en este quisquilloso asunto: queremos dejar meridianamente claro que, en lo referente a las contiendas electorales -internas o externas- realizadas en un ámbito de plenas garantías democráticas, suscribimos plenamente las palabras pronunciadas el sábado dieciocho de octubre de 2014 por Pablo Iglesias en el ya histórico discurso de apertura de la Asamblea Sí Se Puede celebrada en el Palacio Vistalegre de Madrid que citamos a continuación:

“El cielo no se toma por consenso; el cielo se toma por asalto”.

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