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Ruptura en Marruecos

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Las autoridades anunciaron a finales de agosto que un 52% de participación, la misma que en la convocatoria primera de Mohamed VI, se consideraría como suficiente para legitimarlas desde el punto de vista democrático. El mismísimo rey implicó su autoridad con el llamamiento a la movilización popular en unos comicios “ejemplares”, dándose a sí mismo de antemano el título de “la monarquía de la ciudadanía”. Todos los partidos que le rinden pleitesía prepararon sus armas políticas, incluidos los islamistas moderados del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD). Airearon la intervención de 52 observadores internacionales… para 38.000 colegios electorales como prueba de buena voluntad. El Majzen sabía que la continuidad de los acuerdos económicos firmados con la Unión Europea y Estados Unidos dependía, al menos sobre el papel, de los avances en las reformas democráticas. Los resultados de estas legislativas gozaban de una importancia menor, a pesar de lo cual el sistema electoral premiaba al bloque actual de gobierno, con mayor control en las zonas rurales. 700.000 habitantes del Tánger urbano elegían a cuatro diputados, mientras a los 90.000 electores del Tánger rural le tocaban dos diputados. Insisto en que quien ganara o perdiera estos comicios era irrelevante porque al primer ministro lo nombra Mohamed VI, al margen de las fuerzas parlamentarias, y además se reserva la designación del ministro del Interior, de Exteriores y alguno más. Los votos no deciden de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la formación del Gobierno. La participación, pues, era el reto tanto para comprobar la adhesión popular al sistema político y al monarca, como para tomarle el pulso a la credibilidad de las reformas democráticas prometidas y jamás vistas. O si los ciudadanos guardaban al menos esperanzas en su aparición. Algún progreso debía notarse respecto a 2002. Un primer acercamiento a los datos muestra una catástrofe política sin precedentes para Mohamed VI. En principio, la participación bajó del 52% en 2002 al 37% en 2007. Añádase que otros 4.3 millones de electores ni siquiera se molestaron en inscribirse para presentarse ante las urnas, entre ellos un 60% de los jóvenes que tenían derecho a votar a partir de los 20 años de edad. En 2002 hubo un 17% de votos emitidos nulos, pero esta vez alcanzó al 19%, más de un millón de ciudadanos. Para decir toda la verdad, sólo 5.730.000 personas ejercieron su derecho al voto sobre 20.300.000 en edad de hacerlo, lo que coloca la participación real en el 28%, con un millón de votos nulos incluidos. Hay quienes, con gesto comedido, señalan la existencia de un divorcio entre los partidos legales marroquíes y el rey, por un lado, y los ciudadanos por el otro. Demasiado generosos. Asistimos a una ruptura radical. Los marroquíes han mostrado su desprecio de la única forma que pueden hacerlo: dándole la espalda a unas elecciones fraudulentas sin capacidad alguna para decidir cualquier tema de calado. Así rechazan al conjunto del régimen con Mohamed VI a la cabeza, a su corte corrupta del Majzen y a los partidos políticos serviles. No hay transición democrática alguna ni se le espera en las actuales circunstancias. Una situación muy peligrosa.

Rafael Morales

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