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San Gil, san Soria y sancocho

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Rajoy, que siempre me pareció un registrador de la propiedad trasnochado y decimonónico, aparece ahora como el dirigente más moderado del partido. María San Gil, con la que todos debemos solidarizarnos porque sufre en sus carnes cada día y de cerca la amenaza terrorista, no es la más indicada para dar lecciones políticas a nadie. El PP que preside en Euskadi saca cada vez peores resultados y si fuera mínimamente consecuente debería haber dimitido tras las últimas elecciones y no dar la vara a Rajoy amparada por algunos ultras como su mentor Jaime Mayor Oreja, que se jacta en decir públicamente que con Franco vivíamos mejor. En el caso de él, no lo dudo, ¿pero por qué habla por los demás?

La relación de la derecha con los nacionalismos es contradictoria. Los partidos nacionalistas mejor implantados en España son de derecha (ahí tienen a CiU y PNV, por no hablar de CC). Sin embargo, los nacionalistas se han llevado históricamente peor con la derecha que con la izquierda.

Las razones son variadas, aunque una principal ha sido la persecución que la dictadura franquista de derecha, de extrema derecha, sometió a los nacionalismos del Estado durante casi cuatro décadas. Eso marca mucho.

Los nacionalistas han comprobado cómo siempre la izquierda ha sido más tolerante con sus ideas que la derecha, que ha visto en los nacionalismos la antesala del separatismo y un arma peligrosa contra la unidad de España.

La derecha en España sólo ha tolerado a los nacionalistas cuando le ha interesado. A la historia reciente me remito: Aznar se alió con CiU y el PNV sólo cuando le hicieron falta sus votos para gobernar en su primer mandato. En el segundo, cuando logró el PP mayoría absoluta, Aznar despidió con malos modos a sus antiguos aliados de la casa común.

Los populares pasaron en un santiamén de rendir pleitesía a los nacionalistas catalanes y vascos a llamarles separatistas y terroristas o a cantarles sin el menor recato aquello de "Pujol, enano, habla castellano".

Lo mismo puede extrapolarse a Canarias, donde el PP sólo puede gobernar si se apoya en los pseudonacionalistas canarios.

El gran problema de la derecha con el nacionalismo es que no sabe si tenerlo de amigo o de enemigo, no se aclara si los nacionalistas son buenos o malos. Tiene una empanada mental que hace que nadie sepa con certeza de qué va. La derecha trata de una manera u otra el nacionalismo según sus propios intereses. Si le hace falta, lo pone en un altar; si no lo necesita, lo pone a parir sin ambages. En Canarias y en España.

La prueba reciente más palmaria se ha producido estos días con la espantada de María San Gil de la ponencia política que redactaba ella misma para el próximo congreso nacional del PP, junto a José Manuel Soria y la senadora catalana Alicia Sánchez Camacho.

Las discrepancias entre los ponentes populares se centran en el trato del PP hacia los nacionalistas. Mientras San Gil, líder del PP vasco, y la senadora de Girona (aunque de forma matizada y, finalmente, disciplinada) preferían una ponencia más dura con los nacionalismos, Soria se mostraba sorprendentemente más tolerante con ellos.

En realidad Soria piensa de manera parecida a San Gil y Sánchez Camacho. La única diferencia es que las políticas del PP en Euskadi y Cataluña representan una tremenda minoría en sus respectivas comunidades, donde no se comen una rosca y jamás han gobernado.

Sin embargo, el PP canario no sólo gobierna hace mucho tiempo con CC sino que siempre necesitará a los nacionalistas isleños para tocar poder porque nuestro atrabiliario sistema electoral no deja abierta otra posibilidad.

Si Soria fuera vasco, pensaría como San Gil. En el fondo no es una cuestión ideológica sino de poder y de la tierra que pisan. Una cuestión de morro, de tener un morro que se lo pisan.

El PP canario, para disimular y justificar su pacto, asegura que el nacionalismo light de las islas no tiene nada que ver con el heavy de vascos y catalanes y ahí tienen a Soria y sus secuaces tragándose los sapos del soberanismo preconizado por Zerolo y Tomás Padrón auspiciado por Paulino Rivero, que por la boca chica trata de contentar a su aliado popular y por la otra no se recata en flirtear con la independencia de Canarias y el estado libre asociado.

¡Viva Cartagena, viva Soria y viva Canarias libre! Vivimos en un batiburrillo. La política en estas islas es, definitivamente, surrealista.

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