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Secundino ante el espejo

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El pasado 4 de mayo se cumplieron 101 años de la muerte de Secundino Delgado Rodríguez, uno de los políticos isleños canarios más interesantes del tránsito entre el siglo XIX y el XX. Este escritor, cronista de su presente, emigrante, sindicalista, activista revolucionario, fue sin duda un adelantado a su tiempo.

Antes de que eso del internacionalismo estuviera de moda colaboró activamente en la independencia de Cuba, donde descubrió su propia identidad, como antes y después le sucedió a muchos otros. Como decía el americanista Francisco Morales el canario se descubre a si mismo en América y esto se cumple con Secundino. Este isleño de pelo crespo es producto de la propia miseria que se vivía en las Islas en las últimas décadas del siglo XIX, una realidad que se plasma en sus escritos.

La lucha de Secundino por la libertad de los pueblos que le acogieron y la de su propia tierra le han convertido en un referente para muchos que pensamos que este tipo de personas, extraordinarias y tan infrecuentes en nuestra historia, deben ser recordadas.

Lector de escritores anarquistas, contemporáneo de Martí y Nicolás Estévanez, a el le debemos la creación de periódicos revolucionarios, decenas de artículos periodísticos y cuentos breves en los que hablaba de la triste existencia de los isleños en América y en su país. Su crítica contra el caciquismo y la explotación que se sufría en nuestro Archipiélago lo convirtió en uno de los nombres a tener en cuenta en la historia inicial del sindicalismo canario, en un momento donde esta actividad era realmente peligrosa y generaba una persecución política incansable.

Su activismo le costó sufrimientos y una pena de cárcel injusta que lo alejó de su familia. En su novela autobiográfica Vacaguaré recoge ese momento de dolor y sufrimiento que le marcó sus últimos años de vida, perseguido por el cruel Valeriano Weyler, responsable de la muerte por inanición de unos 250.000 campesinos cubanos, uno de los inventores de los campos de exterminio, tristemente recordado en una de las principales plazas de la capital tinerfeña.

Poca gente recuerda hoy a este político canario, su memoria ha sido borrada o manipulada, igual que los ejemplares de El Guanche fueron requisados cuando llegaban a las Islas. Un olvido que en gran parte tiene que ver con el pecado original de haberse mirado al espejo para reconocerse como pueblo con una identidad propia y con el derecho a caminar en libertad. Este olvido trata de acabar con la memoria de un hombre sencillo y bueno, un olvido que solo nos retrata como pueblo.

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