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Sentirse culpables

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Lo cierto es que ahora vivimos tiempos de turbación en el cual los mandamases del dinero, los que gobiernan nuestros miedos, los que inflan la deuda soberana, los que derriban presidentes de las naciones más golpeadas, esos son los que tienen garantizado el edén y los demás tenemos asignado el infierno, cuando menos el purgatorio. Irlanda, Grecia, Portugal, Italia, España: todos al fuego eterno. El neoliberalismo campea por sus fueros, los que ahora mandan en casi todos los países nos acusan de derrochones, de malos administradores. Hasta un miembro de la Casa Real puede verse con problemas por haberse guardado algún dinerillo, lo más probable es que todo quede en sanción y reprimenda, nada más. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, eso es completamente cierto. Pero no es menos cierto que seguimos necesitando educación, sanidad, pensiones. Es más: tenemos derecho a recibir estos capítulos fundamentales del Estado en occidente. Y lo merecemos, pese a que los especuladores nos brindan pésimas noticias al amanecer cada día. Son ellos los nuevos Satanes que nos meten el miedo en el cuerpo, no se conforman con nuestras hipotecas impagadas, no aceptan que les devolvamos las casas que nos compramos por encima de nuestras posibilidades sino que también quieren apoderarse de nuestras almas. En cuanto al señor Rajoy, es posible que algún día despierte y nos lance muchos más anatemas del reajuste. Salarios, pensiones, impuestos. Y el paro que según la OCDE en el 2012 superará de largo la cifra actual.

¿Culpables de que la especulación nos haya dejado traspuestos y que desde el crack del 29 nadie haya puesto remedio a las maniobras especulativas, a ese capitalismo maniobrero, a esa ingeniería financiera programada para tumbar al más pintado cuando haga falta Hubo, pues, graves errores de gestión. ¿Pero estos errores son la causa de la crisis? ¿Están obligados los ciudadanos europeos a sacrificarnos por nuestros errores? No deberíamos enfangarnos en la mala conciencia, porque las causas de la crisis apuntan en otra dirección. Soportamos las consecuencias de un giro económico en el que la especulación y el libre movimiento de capitales han sustituido a la producción de riqueza. Esa es la realidad descarnada. El Estado del bienestar ha funcionado durante años incluso con injusticias, errores de gestión y derroches. Así que las miserias de la catástrofe tienen otros culpables. Un capitalismo especulativo feroz se apodera del mundo sin encontrar un discurso político que sea capaz de enfrentarse a él. Europa podría haber encabezado ese discurso si hubiera intentado convertirse en un Estado real, con política económica y fiscal propia, en vez de en una unión monetaria al servicio de los mercados.

Es un error sacrificar nuestras vidas y nuestros votos al sentimiento de culpa para ponernos en manos de los verdaderos causantes de la crisis: los especuladores y los partidos que defienden el neoliberalismo. Parece que debemos recortar ahora porque hubo unos gestores manirrotos que desperdiciaron el dinero en grandes fastos, medicinas, ordenadores para colegios, obras públicas, cheque-bebé, ayudas al campo o subsidios a los desempleados. No vayamos con tanta prisa, no nos declaremos culpables antes de tiempo. ¿Ha habido errores de gestión? Por supuesto. Es verdad que se ha disparado con pólvora del rey y se han cometido dislates de nuevos ricos. El optimismo iluminado de Zapatero protagonizó una etapa digna de ser olvidada, probablemente él ha sido el peor presidente de la democracia. Fue un error grave subirse en la espuma de los años de bonanza perdiendo la conciencia social y la perspectiva de futuro. En España, por ejemplo, en vez de utilizar las saneadas cuentas del Estado para consolidar el sistema productivo, se tiraron muchos cohetes, presumíamos de ser nuevos ricos, se alentaba el consumo, se daba dinero público a la banca privada, se redujeron los impuestos, debilitando aún más una fiscalidad tímida. Se generalizaron también algunas prebendas sociales sin diferenciar la situación económica de los ciudadanos. Cuando el Estado favorece a los poderosos, no facilita su solidaridad. Despierta su avaricia. ¿Quién le metió mano a los excesos de la banca, quién frenó sus gigantescos superávits?

Luis León Barreto

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