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Sólo penumbras y mondadientes

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Cuando alguien es capaz de escribir unos versos tan contundentes como: Haz el favor de pasarme la sal/Fue su último y mejor endecasílabo/Después trinchó mi corazón/Entre el segundo plato y el postre? está demostrando por la sola magia de las palabras una calidad poética que hace tiempo no encontrábamos.

Son versos que retuercen la realidad, convierten un acto cotidiano, pasar la sal, en un acto no solo de amor sino además de amor destructivo. Son versos que ejecutan con rigurosidad el principio que Augusto Boal resumía en su: la naturaleza no es bella; bellos son los ojos que la miran. Ese alguien, escribe después: No recuerdo apenas más: / sólo penumbras y mondadientes. Y esas penumbras y mondadientes se llenan de belleza. El lector cierra un momento los ojos y puede imaginar desde un acto erótico en penumbras hasta la figura del hidalgo que escarba sus dientes sin haber comido. El mondadientes rueda en nuestra mente como rueda entre los dedos de un distraído o se engarza en algún lugar de nuestros recuerdos como lo encajaba el niño que todos fuimos en una torre.

Esta capacidad de rememoración y de construcción de la belleza, pariente de las magdalenas, se ha conseguido mediante el uso de palabras cotidianas. Palabras, actos y objetos de todos los días. Vulgares si así se quiere. Pero la fuerza del poeta es convertir lo cotidiano en algo que va más allá de lo meramente mágico. Convierte estos actos y palabras, estos objetos, en algo realmente bello. Ha sido su mirada la que ha traspasado o, mejor, trasladado, como la propia definición de metáfora exige (meta=más allá + phore=llevar) el sencillo y casi litúrgico acto de pasar la sal al ámbito poético.

Tantas parejas en tantos lugares del mundo estarán en este momento pasándose la sal. Cuantos de sus componentes quisieran que ese fuera el último endecasílabo que escuchen del otro y cuantos quisieran ser devorados por el amor entre penumbras. Cuantos escarbarán sus dientes rompiendo cualquier momento de amor en el otro, cuantos desearán esfumarse de la vida del otro y que el otro desparezca de la suya. Y cuantos, rogarán para que ese mágico momento de pasar la sal, ese acto de amor distraído, no desaparezca nunca y permanezca como un poema para siempre en los lectores.

Conseguir todo eso en seis versos no es poco mérito. Detener el tiempo, reconstruir la realidad, ejecutar un acto de translación con tan pocas palabras, sin hacer concesiones al campo de batalla de los significados, es cosa que consiguen algunos poetas, los mejores, los Neruda, los Cernuda, los Hernández? en este caso lo consigue durante tres poemarios que he podido leer una poeta llamada Tina Suárez en su poema "La última cena".

Soy consciente de que no digo poetisa. Sé que hasta hace poco yo hubiera defendido ese término en vez del de poeta para una mujer. Pero cuando se trata de oprimidos es preciso cambiar las palabras, los términos? tampoco voy a deslizar maquiavélicamente un discurso sobre la histórica opresión de la mujer. Prefiero hablar de las ratas y como destruye nuestras convenciones literarias la misma autora cuando escribe: Dicen que las ratas no se despeñaron/ por el precipicio/ no se mueren las ratas con melindres de flauta.

Pues sabemos desde hace tiempo, mucho antes de que Vargas Llosa lo escribiera, que la fuerza de la literatura, bajo cualquier forma, es construir una verdad literaria que por su coherencia subyugue al lector, haciéndole aceptar desde los mundos de Dune hasta Macondo. Algunas de esas verdades literarias evolucionan y cambian con el tiempo. En el siglo diecinueve los liberales y republicanos reivindicaban al Cid de la Jura de Santa Gadea, el hombre que obligó a un rey a jurar su inocencia (¿esa necesidad vuelve a ser actual?) pero el nacionalcatolicismo (que vuelve de la mano de Wert y sus adláteres) creó otra verdad literaria para el Cid, la del adalid cristiano mata moros.

Al fin, la historia ha puesto las cosas en su sitio. El Cid es un mercenario que conquista un reino y como se ve imposibilitado de mantenerlo pacta un acuerdo con el rey al que obligó a jurar en su momento. Pero otras muchas verdades literarias pasan al imaginario colectivo, casi todo el mundo las acepta y cuando hablamos de ellas nos referimos a los mismo guiños. Las brujas suelen ser perversas (incluso en muchos de los cuentos de Roald Dahl), los príncipes encantadores (más o menos tontos según los tiempos), etc. Fue precisamente Roald Dahl uno de los primeros en cuestionarse los estereotipos de los cuentos infantiles de siempre. Tina Suárez vuelve a ello en este poema. Lo hace de manera tal que ni Hazard ni Bethelheim encuentran acomodo. Niega el poder de la meliflua flauta y el ronco olifante? niega la verdad literaria, por todos aceptada, e introduce la verdad verdadera (por decirlo de alguna manera), la verdad real si se prefiere? las ratas son inmunes, permanecen entre nosotros: debajo de la cómoda, detrás de las cortinas, /al fondo del pasillo, entre las cuerdas del piano/en la hondura de los ojos de los mejores amigos?

Y es ese último verso el que lleva la zozobra al lector. Las ratas han pasado de ser animales de cuento a alimañas domésticas y de ahí han saltado súbitamente a los ojos de nuestros mejores amigos. La verdad literaria de Suárez se convierte en verdad real. ¿Quién no ha dicho de fulano que es una rata? Judas planea entre los versos. Ya el poema "La última cena" avisaba de su presencia. ¿Pidió Judas la sal a Jesús antes de besarlo? ¿Vio Jesús la rata en los ojos del Iscariote? La sombra de Saramago y su Evangelio se desliza en el lector y tiembla al ver el poder de las palabras para cambiar el mundo. Convertir lo cotidiano en inquietante, traspasar el mismo sentido de las palabras, dotarlas de nuevo significado o recordar significados ya olvidados, perdidos, subsumidos por el ruido de la literatura? No aceptar lo ya dispuesto, ejercer lo que Rodríguez Padrón llama el rigor y la honestidad literaria, son actos casi rutinarios en la escritura de Tina Suárez. Y muchos le estamos agradecidos por ello.

Nota: los tres poemarios de Tina Suárez son Los ponientes, Las cosas no tiene mamá y Brevísima relación de la destrucción de June Evon.

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