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Soria y Fernández, en la picota

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Son muchos los escándalos, y los problemas judiciales. Pero son evidentes, palpables, los grandes asuntos políticos.

La encrucijada, el laberinto de José Manuel Soria es intrincado, profundamente peligroso para su futuro al menos desde el punto de vista político. A estas horas les puedo asegurar que en la sede nacional del Partido Popular, en la calle Génova, hay nerviosismo, y no es para menos. Los activos de los conservadores canarios se escapan por los poros de Soria, cuyo sudor pavoroso es cada vez más perceptible. Para mi entender, Soria ya es un muerto político, y sólo el hecho de que en España no se conjugue el verbo dimitir le mantiene en el cargo. Pero para Paulino Rivero supone un desgaste tremendo mantener a este personaje, que ya se convierte en personajillo, al frente de la Vicepresidencia de Canarias y de la consejería de Economía y Hacienda. Lo mismo le ocurre a Mariano Rajoy en las interioridades del Partido Popular, que anda en el dilema de alejarse de Soria y de sus enredos, o seguir defendiéndole con todo lo que representa de costo político. José Manuel Soria se ha convertido en una vergüenza para la política canaria, y deberían ser los propios políticos quien tomaran una iniciativa para sacar a este personajillo de la actividad pública.

Por su parte Manuel Fernández, secretario general del Partido Popular y diputado autonómico por la isla del Hierro, está inmerso en un escándalo de proporciones gigantescas. El tal Fernández era nada menos que consejero delegado de Anfi Tauro cuando los hechos del viaje del salmón y de las 3.600 camas concedidas a esta urbanización, y todavía tiene un contrato en vigor como asesor cuyo epicentro fundamental radica en llevar las relaciones institucionales de esta empresa turística con las administraciones públicas, lo cual quiere decir presuntamente, comercialmente presunto, las relaciones de Anfi Tauro con el Parlamento y el Gobierno de Canarias, para decir cuando hay un interés particular de Anfi Tauro y Anfi del Mar y preguntar insistentemente "qué hay de lo mio". Al margen de lo que decida desde el punto de vista jurídico su señoría, desde el político la imagen es de una podredumbre infinita. Políticos como estos desprestigian a la política y los políticos.

La ética política determina que debe hacerse, a que se está obligado. Para Victoria Camps el discurso ético existe antes y después de la práctica política, antes porque fija horizontes, y después porque critica sus fallos, desviaciones y omisiones. La política debe estar al servicio de la moral, sobretodo porque la sociedad debe confiar en sus políticos y valorar sus acciones, y no hay duda de que los comportamientos carentes de ética no sirven al objetivo fundamental de la credibilidad democrática. Soria y Fernández no quieren saber nada de estas premisas éticas.

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