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Spanair JK5022: libertad de expresión, no de vejación

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Opiniones he leído para todos los gustos. Y, desgraciadamente, muchas de ellas hechas a la ligera y sin fundamento alguno, sino como expresión de una toma de partido prejuiciada.

En las colisiones entre el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, es difícil establecer unos límites claros y precisos entre uno y otro derecho.

Partiendo de la base de que las cadenas privadas siempre irán a buscar el lucro con cualquiera de sus productos televisivos, debemos preguntarnos por las diferencias que puede haber, y que obedecen a varias categorías.

Intentando analizar el problema, con lógica pero con la imprescindible humanidad necesaria cuando hablamos de tragedias de personas, encontramos series, películas y documentales sobre accidentes en general y de aviación en particular.

Por un lado, el documental trata de abordar un accidente desde una órbita de exposición y análisis de hechos, causas y consecuencias. Normalmente se evita el aspecto personal y humano, salvo que se centre precisamente en ello y cuente con la colaboración y aprobación de todos o la mayoría de los implicados y familiares, lo cual no es el presente caso. Además, no habiendo finalizado la investigación oficial sobre las causas del accidente, la realización y emisión de un documental no arrojará luz sobre los hechos, sino mera especulación.

Por otro lado, una serie, o mini-serie, trata de hacer más dramáticos unos hechos introduciendo el elemento personal de sufrimiento de las personas que lo padecieron, sus familiares y allegados. En hechos históricos, con un saludable paso del tiempo sobre ellos, no debería plantear más problemas que el de su fidelidad histórica y su calidad cinematográfica. En el caso de perjudicados, directa o indirectamente, que aún vivan, se debería contar con su beneplácito y tratar con sumo cuidado y respeto la memoria de las víctimas y el sufrimiento de los que sufrieron, sea el mismo accidente o sus familiares y allegados.

Pero en este caso se ha ido varios pasos más allá: se trata de una tragedia de la que aun oficialmente no hay terminada una investigación que arroje luz, con rigor y seriedad, sobre las causas y consecuencias de la misma. Y tampoco se cuenta con el concurso de todos o la mayoría de afectados, ni con su beneplácito, sino con su rechazo frontal. Lógico, pues de todo lo anterior se desprende que para maximizar la rentabilidad del producto televisivo se hace dramatizando el dolor de personas recientemente fallecidas (apenas 2 años) y otras aún vivas, especulando sobre los trágicos sucesos (no es un documental científico), con utilización de la imagen y hechos personales tan íntimos como la muerte de 154 personas y el dolor de los suyos.

Execrable.

Tony González

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