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Too many secrets

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En el preciso momento en que Bishop pronuncia esta frase Sonar (David Strathairn) descubre que la máquina en cuestión es mucho más de lo que parece. Tal y como Bishop sentencia al ver de lo que es capaz, aquella máquina no es una desencriptadora, sino la desencriptadora, capaz de desvelar cualquier secreto, por imposible que éste pueda parecer.

No sé si Julian Assange llegó a ver esta película cuando se estrenó, pero, de lo que no hay duda, es que su filosofía al crear Wikileaks guarda una estrecha relación con las motivaciones del matemático que inventa la máquina que aparece en la película protagonizada por Robert Redford. Según Assange, el mundo en el que vivimos hay más secretos, medias verdades y turbios manejos que, en nada, benefician a nuestra sociedad, de ahí su empeño en tratar de poner sobre la mesa, y en boca de todos, asuntos que ponen en solfa muchos de los planteamientos de los gobiernos de nuestro mundo, especialmente de los Estados Unidos de América.

En mi caso personal, descubrí la existencia de Wikileaks en el año 2007, cuando se desveló el manual de procedimiento de la prisión estadounidense en suelo cubano, Guantánamo. A partir de entonces, me quedó claro que ya no habría que esperar veinte o treinta años hasta que se desclasificasen documentos secretos por parte de la administración norteamericana, tal y como lleva sucediendo desde hace varias décadas. Con Wikileaks, los secretos de la diplomacia y los acuerdos pactados a puerta cerrada empezaron a transformarse en titulares de los periódicos, algo que, como es lógico pensar, no gustó a los que consideran que cuantos más secretos haya, mucho mejor para todos.

Ahora, inmersos en medio del llamado Cablegate, son muchas las voces que tratan de ponerle freno a las filtraciones de Wikileaks, argumentando que ponen en peligro la seguridad de quienes trabajan dentro del organigrama diplomático y gubernamental norteamericano. El problema es que, también, hay voces que hablan abiertamente no de cerrar la web, sino de silenciar definitivamente a su máximo responsable, al que ya comparan con una amenaza similar a la de Al Qaeda.

Dejando a un lado la irresponsabilidad de quienes no dudan en cargar las armas, pero no tienen los arrestos de apretar el gatillo, a nadie se le debería escapar que, detrás de todo esto, se esconde el deseo de lograr un férreo control sobre los medios de comunicación. Piensen, sin ir más lejos, lo feliz que serían muchos políticos de nuestro país -especialmente aquellos que viven en la comunidad madrileña, en la comunidad valenciana y en la comunidad canaria- si se resucitara la censura que imperó durante la dictadura del general Franco. Para todos ellos, y para todos los que acusan a Julian Assange de poner en peligro la estabilidad del mundo libre, la libertad de prensa es algo tan innecesario como incómodo.

No les importa mantener a la ciudadanía a oscuras, si con ello logran salvaguardar su posición y disponer de un secreto con el que comerciar. El poder es algo que tiene, y debe, seguir estando en manos de unos pocos, tal y como no se han cansado de decir muchos de los voceros que hoy critican la nueva filtración de Wikileaks. No obstante, soy de los que cree que, sin una saludable libertad de prensa, una sociedad está realmente enferma, puesto que he crecido teniendo por libro de cabecera All The President's Men, de Carl Bernstein y Bob Woodward.

El trabajo de estos dos periodistas le demostró al mundo que, ni siquiera, el presidente de la nación más poderosa se encontraba por encima de la ley. Cierto es que, en la actualidad, algunos de los artículos escritos por Woodward y Bernstein hubieran sido rápidamente desacreditados por los fanáticos blogueros del Tea Party, por poner un ejemplo. Sin embargo, no es menos cierto que, tras la caída de Richard Nixon, los políticos estadounidenses se dieron cuenta de que no todo les estaba permitido, algo que, por el contrario, sí que ignoran muchos políticos de nuestra nación.

Tengo claro, como muchos otros antes que yo ya han dicho, que esta nueva y masiva filtración de documentos por parte de Wikileaks marca un antes y un después en la forma de hacer las cosas dentro del mundo de la diplomacia. Esto no quiere decir que los secretos se acaben, sin ellos no se puede entender los juegos de poder entre los gobiernos, pero puede que sí se piensen las cosas un poco más, o traten de ser, quizás, un poco más transparentes con, quienes al fin y al cabo, pagan sus sueldos.

Pretender rasgarse las vestiduras ante el hecho irrefutable de que los gobiernos no son ONG sin ánimo de lucro es algo tan estéril como pretender buscarle la cuadratura al círculo, o negar la teoría de la evolución de Charles Darwin, aunque algunos se empeñen.

La secuencia comentada al principio de este artículo termina cuando Bishop dice No more secrets, que, en castellano, se tradujo Se acabaron los secretos. Sé que Wikileaks no va a acabar con los secretos, al igual que la cordura no empezará a dominar las decisiones de los grandes magnatarios, pero, por lo menos, ahora tenemos claro qué es lo que piensan algunos de los responsables del país más poderoso del mundo acerca del resto de los países. Y por mucho que griten los grupos más conservadores y caducos, el conocimiento es bueno, porque evita la ignorancia, y en este mundo sobran ignorantes y faltan personas preparadas, con la mente abierta y un juicio crítico. Todo lo demás solamente conduce a un oscurantismo cobarde, criminal y, en muchas ocasiones, asesino, y los libros de historia están llenos de episodios que dejan las revelaciones de los cables filtrados por Wikileaks a la altura de los pies de los caballos.

Y quién sabe, ¿será real la máquina que aparece en la película Sneakers? ¿Quién la tiene es el mismo que le está filtrando la información a Assange? Entonces sí que se acabaron los secretos.

Eduardo Serradilla Sanchis

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