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Treinta años de Constitución

Rafael Álvarez Gil / Rafael Álvarez Gil

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Algunos historiadores han denominado a la etapa política en que vivimos la II Restauración. Pero ante todo, nuestro texto constitucional se caracteriza por ser largo, rígido, monárquico-parlamentario, democrático y garantista. Aunque, si algo realmente le da cuerpo, es su valor de consenso. En este punto es donde adquiere su más valioso contorno.

Una Constitución para una transición determinada. Que fue de la ley a la ley, sin ánimos rupturistas. No hubo revolución de los claveles y Franco murió en la cama.

Todos cedieron para no perderlo todo. Desde los aperturistas de la UCD al PC (que no personal computer), pasando por los militares de la UMD y una Iglesia cercana e inspirada en el Concilio Vaticano II. Hay nombres propios que adquirieron una especial entidad, que en días como hoy deben ser mencionados: Juan Carlos I (al que llamarían Juan Carlos el breve), Adolfo Suárez, Felipe González, Gutiérrez Mellado, Marcelino Camacho, Vicente Tarancón y otros tantos.

Un constituyente influido por la Ley Fundamental de Bonn de 1949, la Constitución italiana de 1948 y la Constitución portuguesa de 1976, que redactó una lista de derechos fundamentales extensa y supo dar la herramienta necesaria para la concordia política de las siguientes décadas. Que contuvo tanto derechos políticos como derechos sociales, donde la armonía entre los dos daría la razón de ser del ciudadano, ante el que tanto importa el derecho al sufragio activo y pasivo como el de huelga.

La arquitectura constitucional de 1978 permitió que hoy podamos hablar de Estado de Derecho. Fórmula que introdujo en los escritos de los años anteriores el profesor Elías Díaz, pero que se caracteriza en cuatro puntos fundamentales: derechos fundamentales, separación de poderes (checks and balances), imperio de la ley (rule of law) y elecciones libres, periódicas y competitivas.

En la pasada legislatura el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, marcó los cuatro aspectos a reformar de nuestra Constitución: igualdad de sexos para acceder a la Corona, reforma del Senado, establecimiento en el texto constitucional de las denominaciones de todas las Comunidades Autónomas y la referencia a la incorporación de España a la Unión Europea. Estas como otras que puedan plantearse en el futuro se harán desde el consenso, desde el espíritu compartido.

En 1956 se produjo la primera contestación a la dictadura. Es decir, diecisiete años después de haber finalizado la guerra civil. Fue en la Universidad madrileña y por estudiantes que en las fichas policiales por primera vez trataron de Don. Por ahí andaban Enrique Múgica, Jorge Semprún, Sánchez Dragó, Dionisio Ridruejo, Ramón Tamames y otros muchos. Compartían la clase social, pero divergían en sus ideologías políticas. Pues bien, el manifiesto que redactaron comenzaba diciendo: “Nosotros, hijos de vencedores y vencidos?”. Una prueba más, de que la voluntad de consenso presente en la transición fue el resultado del esfuerzo realizado durante muchos años.

*Secretario Ejecutivo de Ideas y Comunicación de la dirección regional del PSC-PSOE. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas y de la Administración, por la Universidad Autónoma de Madrid. Diplomado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales del Ministerio de la Presidencia.

Rafael Álvarez Gil*

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