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Uribe y el Plan Colombia II

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Colombia le está saliendo muy cara a Estados Unidos. Los demócratas no cuestionan el fracasado Plan Colombia destinado a acabar con la guerrilla de la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) bajo la cobertura de la lucha contra el narcotráfico. Fue Bill Clinton quien acordó con Andrés Pastrana aquel plan. Molesta el fracaso de la operación. Han sido incapaces de disminuir la capacidad operativa de la guerrilla. Y carecen de contrapartidas políticas que les permita justificar el gasto ante su propia opinión pública, incluyendo la mejoría de los derechos humanos. Este país sigue encabezando violaciones en esta materia así como ocupando la primera línea en asesinatos de líderes sindicales. El crecimiento impresionante de los gastos militares, la participación directa de gringos en actividades contra la insurgencia y la indirecta a través de centenares de asesores militares tampoco mejoraron el panorama. Según el periodista Alberto Cruz, “el ejército colombiano es uno de los mejor preparados de la zona y el número de sus efectivos se ha incrementado un 44% desde la llegada de Uribe a la presidencia en el año 2000. Entonces tenía 280.000 soldados y ahora está en 405.000, que van a consumir un total de 5.200 millones de dólares tal y como está presupuestado este año”. Ni así. La militarización del país crece pero la situación empeora, con unas instituciones cada día más desacreditadas y con problemas democráticos pendientes, incluido el de la tierra. La segunda parte del Plan Colombia (o Plan Patriota, si recuerdo bien) implica el manejo de unos 50.000 millones de dólares. Los demócratas estadounidenses tienen muchas dudas, insisto, por la falta de resultados. Y, sin embargo, hay otros caminos una vez pagado el vacuo sueño de Uribe destinado a liquidar a la insurgencia por la vía militar. Como el de regresar a la mesa de negociaciones que nunca debió abandonarse, empezando por el intercambio de secuestrados en manos de la guerrilla por presos políticos de las formaciones armadas. Lo que por allí llaman un “canje”, pensado no sólo por motivos humanitarios sino además como un paso hacia la recuperación de las negociaciones de paz. La sociedad colombiana presiona en este sentido, pero el presidente Uribe insiste en el callejón sin salida actual, corregido y aumentado por los republicanos gringos. Y, al parecer, prometido de nuevo por George Walker Bush sin demasiada convicción. Los “canjes” requieren desmilitarizar alguna zona. Las FARC propusieron los municipios de Florida y Pradera. “Se trataba -escribe Iván Márquez- de un despeje por 45 días para facilitar el acuerdo del canje humanitario y disponer de un escenario seguro para entregar y recibir (…).Con toda certeza, no le habría ocurrido nada al país, y hasta se habría avanzado en la exploración de salidas políticas a un conflicto social y armado de medio siglo”. Mucho tiempo como para ignorar la inviabilidad de una victoria militar. Demasiado sufrimiento. El Plan Colombia obtuvo el mismo destino que el intento de pacificar con malos modos Irak o Afganistán. Sobra la segunda parte.

Rafael Morales

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