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Valle de Guerra: recuerdos y nostalgias

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Son de esos días (sábado), donde suelo caminar y darme un baño en el charco natural de Bajamar, cerca de las piscinas naturales. A lo largo de la mañana, tuve la ilusión de dar una vuelta por Valle de Guerra; un pueblo que desprendía olor a tomillo, laurel, romero, tierra húmeda y carne fiesta y los conejos en adobos. Las chimeneas de las barbacoas de muchos hogares valleros desprendían humos que se esparcían entre un cielo limpio de nubes a través de un azul claro y alegre. Sin duda, se respiraba un ambiente agradable, de amistad y cordialidad; embriagado por el entorno y celebración de unas fiestas bajo el calor, respeto, compromiso, religiosidad y popularidad, especialmente como ofrenda y homenaje a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Valle de Guerra; representada y escenificada en escena a través de La Librea, basada en la Batalla de Lepanto de 1571 entre turcos y cristianos.

Mi primera parada y visita fue en casa de la admirada, Conchita Mendoza, la cual barría el patio de su casa con vitalidad, dinamismo y alegría. Allí, en su hogar, tomamos café, ese que hacían en otra época nuestras abuelas, con una manga de tela; acompañado por unos pedazos de bizcochos caseros. Reconozco que no fue un día cualquiera, pues no en vano esa pequeña visita o estancia durante unas horas en un pueblo tan significativo e importante como es Valle de Guerra, me hizo vivir y volver a una parte importante de mi pasado en el citado pueblo norteño. La tertulia con Conchita Mendoza estuvo basada en un contenido enriquecido dentro de un orden de las escalas de valores de las personas; en la publicación de su nuevo libro; la importancia de las familias, los valores y compromisos de las personas con las respectivas sociedades del mundo.

Minutos más tarde, visité a las familias Barbuzano; Mencha, su marido, Antonio, mi cuñado, José Antonio Mendoza, José, su cuñado, Severito y otro amigo del pueblo; me ofrecieron amor, amistad y respeto. Un vaso de vino, una cerveza, una tasa de caldo con hierba buena, un bistec de cochino, una cebolla, tomate y sardinas, sirvieron como productos de selección, como ofrenda de cariño y amistad, de unos amigos y familias que motivaron introducirme nuevamente en el túnel del tiempo. De un pueblo, que siempre lo he querido, respetado y admirado y donde aprendí tantas y tantas cosas de sus gentes, pero sobre todo, la humildad y generosidad que los habitantes valleros suelen llevar en su corazón.

Nuevamente, descubro que mis sentimientos han sido alterados por unos recuerdos que siempre los he tenido retenidos en mi mente, pero que el tiempo y las circunstancias de la vida me llevaron buscar otras alternativas sociales, laborales y culturales y tecnológicas; precedidas por una demanda y competitividad evolutiva y transformativa ante el desarrollo de las sociedades venideras. Pese a todo ello, mi corazón, retinas y mente, siguen guardando celosamente esos recuerdos que viví con mi familia y amigos. Con una edad más joven, llena de ilusiones y compromisos, pero llena de vida de aquél Valle de Guerra de mis amores.

Rafael Lutzardo

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