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Vaya panda de impresentables

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Cada cual es muy libre de arruinar su vida como le plazca, para eso tenemos el libre albedrío. Muy distinto es anteponer las conveniencias de un pacto electoral “de perdedores” para dinamitar una iniciativa que lo único que pretende es aportar nuevos valores a una sociedad que, cada vez, carece más de ellos. La iniciativa a la que me refiero es la ley de Educación para la Ciudadanía, la cual ha sido aparcada por el actual Gobierno de la comunidad canaria, a instancias de su socio en el mencionado Gobierno. Debo decir que no me extraña, viniendo de unos mandatarios que han logrado acabar con buena parte de las propuestas sociales y culturales del Archipiélago, en especial en la isla de Gran Canaria. La gestión de quienes ahora se sientan a la diestra del actual presidente del Gobierno de Canarias es comparable a la devastación de una marabunta, aunque las hormigas tienen una justificación, de la cual carecen los próceres a los que me refiero. Con todo, me sorprende el cinismo y la poca razón con la que se juega con el futuro de las nuevas generaciones, ellos que presumen de defender la familia como “centro de la sociedad” y que no pierden oportunidad para reclamar el regreso a las viajas tradiciones, tan caducas como dictatoriales. Tampoco se piensen que con una ley se pueden paliar muchos de los problemas que debe soportar nuestra sociedad. Después queda un trabajo en el que la mentada familia, los amigos y los recursos puestos a disposición de la persona acaban siendo determinantes. Lo que ocurre es que me parece muy bien una asignatura en la que se enseñe a pensar y a desarrollar las capacidades del alumnado más allá del ordeno y mando. Guillermo del Toro, en su magnífica película El laberinto del Fauno, incluye una secuencia que ejemplifica el modo de actuar de nuestra sociedad durante los oscuros años de la dictadura. El personaje del doctor Ferreiro, interpretado por Álex Angulo, decide no hacerle caso al megalómano capitán Vidal y ayuda a morir a uno de los rebeldes que, tras ser capturado, ha soportado las torturas de Vidal y sus secuaces. Cuando el capitán descubre que Ferreiro ha desobedecido sus órdenes le pregunta la razón de su acto. Es, entonces, cuando Ferreiro realiza su último acto de lucidez, antes de caer víctima de la locura del militar. “Capitán, es que obedecer por obedecer, así, sin pensar, no está bien”. No sé si los intelectos de quienes se han opuesto a dicha ley dan para tanto. Sinceramente lo dudo, a la vista de la cerrazón y la insensatez de sus actos. Para ellos sólo importa no perder ni un centímetro de las influencias que aún conservan en nuestro país y para lograrlo son capaces de poner en solfa el desarrollo intelectual y social de quienes deberán relevarles, antes o después. Puede que lo que más les preocupe es que, en un momento dado, alguien les pueda cuestionar sus manejos, dobles verdades y una moral tan corrosiva como cínica. De ahí que tras la experiencia bélica en tierras orientales una ley que contemple, “la paz como exigencia ética”, al tiempo que exige a los profesores “constatar si el alumnado rechaza las situaciones de violencia y guerra” les deba poner los pelos de punta. Si a ello le sumamos apartados tan poco recomendables como estudiar, en profundidad, los problemas sociales en Canarias y donde se incluyen, entre otros temas, la sobrepoblación, la inmigración, la convivencia e interculturalismo, así como la construcción de la conciencia y el pensamiento y la autonomía, se me antoja de un descaro intolerable, según los mentados políticos, después de las lamentables muestras de xenofobia y racismo demostradas por muchos cargos electos, durante las pasadas elecciones. Para acabar de rematar la faena, “promover la libertad, la independencia y la autonomía del alumnado para reconocer y rechazar actitudes corruptas, autoritarias o falaces en su entorno y en la vida pública” podría suponer el dejar sin trabajo a muchos que viven muy bien gracias a los dineros públicos. Son sólo unos apuntes de una ley que pretende formar a los alumnos ante problemas reales, no inventados por las mentes calenturientas de unas comadres que no tienen nada que ver con las descritas por William Shakespeare en su obra. Para algunos sectores de nuestra sociedad poco importa que sus hijos estén indefensos ante problemas reales, tales como los embarazos no deseados, el contagio de enfermedades como el sida y cualquier otra enfermedad de transmisión sexual. Mentar los anticonceptivos es lo mismo que convocar al mismo demonio, con cuernos y tridente. Su única solución es evitar el tema, fomentar una castidad que forma parte de los libros de historia antigua y, cuando el problema empieza a ser real, viajar hasta un país del extranjero para acabar con dicho problema creciente de raíz. No importa lo que piensen las mujeres –para muchos el único lugar de la mujer es en la casa y con la pata quebrada, mejor-. Interesa mantener el estatus antes que cualquier síntoma de evolución. Para ellos, el pasado era un tiempo de bonanza, respeto e imposición de las ideas por la fuerza y no están dispuestos a que nada atente contra su podrido mundo. Leer en el borrador de la ley un párrafo como el siguiente: “se fomentará el rechazo a las expresiones e imágenes que impliquen alguna forma de discriminación motivada por prejuicios de índole étnica, social, ideológica o sexual y el reproche a fomentar usos alternativos y creativos del lenguaje, eliminando muletillas y clichés. En este sentido, el borrador del decreto usa expresamente el masculino y femenino de todos los colectivos mencionados (ciudadanos /as; alumnos / as; consumidores / as, roza un esperpento del que ni siquiera Valle Inclán fue capaz de imaginar. Sólo hay que escuchar sus patéticas arengas, tanto en la vida pública como en los altares de quienes no se han enterado de la realidad social de nuestro país. Cada cual es muy libre de creer en lo que quiera, pero sin molestar al vecino. Y las autoridades religiosas –no todas, en esta ocasión- deberían aceptar su papel y no llamar a una nueva cruzada, las cuales ya han ocasionado demasiado dolor y muy pocos réditos positivos. Sobre temas como las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la competencia digital, la bioética, la biotecnología o el tratar a los homosexuales y lesbianas como personas normales prefiero ni siquiera hablar, ante la posibilidad de perder los estribos de forma irreversible. Lo dicho en el encabezado, vaya panda de impresentables están hechos.

Eduardo Serradilla Sanchis

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