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Violencia escolar, la prevención como clave

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En primer lugar, hay que decir que no es una situación novedosa ni generalizable. Cuando estudié el bachillerato, hace más de treinta años, también se daban situaciones de abuso de unos estudiantes hacia otros. Al respecto, desde la CEAPA, confederación estatal de APAs públicas de la que forma parte la canaria Galdós, se sostiene que aunque hoy existe “una mayor sensibilidad social hacia todas las formas de violencia, lo cual es un signo de madurez de nuestra sociedad, no hay más casos de violencia escolar que hace una década, a pesar de que quizá se hayan podido incrementar los episodios de indisciplina y falta de respeto”. En segundo lugar, hay que señalar que aunque la extensión del fenómeno sea limitada, estamos obligados a actuar de forma decidida frente a las situaciones de violencia física y, también, psíquica, siendo conscientes de que causan sufrimiento e influyen en la socialización, en el desarrollo de la personalidad y en el rendimiento académico de las personas que la sufren. Aunque las víctimas son las que padecen consecuencias más graves del acoso escolar, éste también afecta a los espectadores y, en especial, a los maltratadores. Respecto a las víctimas, éstas se ven con enormes dificultades para recuperar su dañada autoestima, para superar el dolor que les produce la constante humillación, que sufren la mayoría de las veces en silencio, siendo incapaces de dar a conocer su situación ni a padres/madres ni a profesores; y, como señalan algunos estudios, una parte de ellas se convierte, a la postre, en maltratador. Al margen de que la situación que sufren tiene sus repercusiones en el propio rendimiento académico y en el interés hacia el estudio. Los maltratadores, por su parte, alimentan una envenenada forma de andar por la vida, en la que no hay lugar para la ética ni para la dignidad humana, en la que las normas están para saltárselas; y, con toda probabilidad, sus atrocidades no quedarán limitadas al mundo escolar, a su temporal paso por el sistema educativo, proyectándose más temprano que tarde en la esfera familiar, con su pareja e hijos. Y el tercer grupo, el que integran los espectadores, tampoco sale bien parado de su aparente e impresentable neutralidad entre torturadores y víctimas, de su insolidario empeño en mirar para otro lado, posibilitando que se reproduzcan las situaciones injustas y que éstas no sean denunciadas en las instancias oportunas ni, por tanto, frenadas ni reconducidas. ¿Cómo afrontar este problema que tanto sufrimiento causa? En primer lugar, no minimizándolo, tratando de conocerlo en profundidad y actuando en consecuencia. Al respecto, hay que tener en cuenta la dificultad que supone que la mayoría de los abusos se producen en los espacios físicos y en los momentos en que hay menor presencia de los adultos, por lo que es clave el papel de los niños y niñas en su afloramiento. Por ello, desde los colegios hay que insistir en la educación en el respeto hacia los demás y el rechazo de las situaciones de maltrato, físico o psicológico, hacia otros compañeros. Valores en los que debe comprometerse la escuela, los medios de comunicación y el conjunto de la sociedad. Y que se oponen frontalmente con mucho de lo que los menores viven y perciben de manera continuada en determinados dibujos animados, películas y series, así como en numerosos videojuegos que constituyen una auténtica apología de la violencia y que presentan como algo normal el destrozo de mobiliario público, los robos, las agresiones y hasta los asesinatos. Corresponde a los adultos, profesores y familias estar muy atentos a aquellas situaciones –miedo a asistir al colegio, alejamiento del resto de compañeros de clase, evidencias de agresiones físicas…- que apunten a que se está produciendo un caso de acoso y violencia escolar. Y, una vez confirmado, apoyar a la víctima, para recuperar su autoestima y minimizar los daños en la formación de su personalidad y en su rendimiento escolar. Y afrontar, asimismo, el tratamiento y la reeducación del maltratador, para su propio bien y para el de cuantos le rodean. Aunque estoy convencido de que para abordar el tema de forma consecuente es preciso, fundamentalmente, desarrollar acciones preventivas, dirigidas a la mejora de la convivencia democrática en las aulas. Estableciendo normas consensuadas, con pleno conocimiento del estudiante sobre las consecuencias de su incumplimiento; formando al profesorado para que cuente con adecuados instrumentos para abordar esta problemática; potenciando las comisiones de convivencia y los programas de mediación en los centros escolares. Y realizando, asimismo, campañas de sensibilización sobre el tema, sin alarmismos ni sensacionalismos. Y, cuando se produzcan casos, actuar de manera decidida, con la intervención de los profesionales adecuados, en el apoyo a las víctimas y la reeducación de los maltratadores. *Diputado y presidente de Nueva Canarias.

Román Rodríguez*

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