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¿Habrá agresión contra Irán?

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Los pesimistas reviven el precedente iraquí. La misma campaña mediática que preparó la guerra de Irak lleva tres años sin cesar contra Irán, presentado una disculpa similar (el proyecto nuclear iraní en lugar de las armas de destrucción masiva) y a la espera de la oportunidad política (¿algún atentado en Estados Unidos, por ejemplo?) para iniciar los ataques aéreos con el apoyo de Israel, quien tendrá la misión de aplastar a los sirios. Las operaciones están programadas desde hace tiempo por el Pentágono. Washington no renuncia a la agenda para apropiarse de los recursos energéticos del llamado Gran Oriente Medio, por muy mal que le vayan las cosas en Irak. Ahora dispone del apoyo casi incondicional de la Francia de Sarkozy. Y acumula recursos militares en la región a marchas forzadas. Los militares gringos alardean. Podrán destruir 2.000 objetivos iraníes desde el aire. El que fue movimiento masivo contra la guerra de Irak está prácticamente desactivado. Rusia y China rechazarán de palabra cualquier agresión que Estados Unidos pretenda aprobar en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero de ahí no pasarán. Muy pocos discuten ya “si” la agresión tendrá lugar sino “cuando” ocurrirá la catástrofe tan inevitable como anunciada. Esta opinión va más lejos. Estima que la guerra llegará con éste o el próximo presidente estadounidense, porque el Gran Oriente Medio resulta un objetivo estratégico compartido por los partidos hegemónicos en función de las urgencias nacionales en este “siglo americano”. Los optimistas estiman que las circunstancias cambiaron tanto que hacen imposible el ataque, principalmente por el fracaso de Estados Unidos en Irak y el de Israel en Palestina. Están inmovilizados. Los ciudadanos estadounidenses se oponen a otra aventura sangrienta. ¿Más gastos de guerras sin perspectivas de victoria segura y sin valorar las consecuencias? Irán, apoyándose en su poder petrolero, estableció alianzas firmes, económicas y militares, con Rusia, China, Turquía, Afganistán y el espacio postsoviético, además de diplomáticas en otras regiones del mundo. Europa, en general, no está a favor de la solución militar porque mantiene buenas relaciones económicas con los popes iraníes y espera ampliarlas. La solidaridad árabe con los iraníes provocará graves desestabilizaciones en varios países y la extensión del terrorismo dentro de Estados Unidos. Irán, además, se encuentra muy lejos de haber sufrido el cerco angustioso que padeció Irak entre la primera y la segunda Guerra del Golfo. Tampoco está militarmente indefensa, aunque lógicamente sea incapaz de medirse con la maquinaria gringa. Misiles balísticos Shehab-3, torpedos ultramodernos y otros recursos que posee Irán aparte, los estrategas gringos tendrán que valorar el vulnerable punto del Estrecho de Ormuz, por el que pasan petroleros con destino a Europa, Japón y Estados Unidos cada diez minutos. Hasta el 80% del crudo procedente de los países del Golfo Pérsico transitan por esta vía. Para impedirlo, a los iraníes les basta con sembrar el Estrecho de minas. A todas éstas, recuerdo una conclusión general sobre el curso de la historia del francés Daniel Bensaid en su libro Resistencias: “La historia que se ha hecho no es -no es nunca- la única posible”. Lo mismo vale para los pronosticadores. No pueden aspirar al supuesto carácter inevitable de sus profecías. Y sea bienvenida cualquier iniciativa que ayude a desactivar este peligro para la humanidad surgido, una vez más, de intereses tan ocultos como criminales.

Rafael Morales

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