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¿Por qué no se alegran? por Hugo F. Silberman

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Traigo a colación esta historia para demostrar que aún en las peores circunstancias, y por más terrible que sea el momento en que acontece, hay determinados sentimientos que provocan idéntica emoción de alegría y satisfacción a las gentes de un país, acontece cuando ese país alcanza un triunfo o reconocimiento internacional, ya sea en el campo político, económico, científico, cultural o deportivo.

En el último mes sucedieron tres hechos relevantes que tendrían que ser motivo de satisfacción generalizada y sin matices, sin embargo no ha sido así. La mezquindad primó sobre el reconocimiento y la satisfacción colectiva.

La participación de España en la cumbre multilateral del G 20 (y pico), para analizar la crisis global y apuntar posibles soluciones aportando la experiencia del control sobre las entidades financieras, en lugar de felicitarnos todos como país, resultó, para la derecha política en primer lugar (luego matizada) y para su prensa adicta y no tan adicta, una traición y una entrega a los oscuros intereses franceses.

Participar en una reunión de esas características es un hito en la política internacional. Es la primera vez que España participa por sus propios méritos y por su peso específico, no por una cuestión meramente coyuntural. La última vez que tuvimos una participación importante fue en la malhadada reunión de las Azores, y lo fue para una acción ilegal (de cuyos resultados la actual crisis no es ajena sino consecuencia) y por el hecho de que, merced al procedimiento de rotación de los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, España era miembro y su voto, no su peso ni influencia (fueron sonados los fracasos de Aznar en los intentos de sumar a Méjico y Chile a la agresión) eran importantes.

La detención del asesino Txeroki, número uno de la banda terrorista ETA, se despachó con una fugaz felicitación a las fuerzas y cuerpos de seguridad por parte del presidente del PP (algo ha avanzado, antes lo atribuía a milagros) y con un inconcebible ninguneo a nuestros servicios de inteligencia y seguridad por parte del diario El Mundo, cuyo titular, al día siguiente de tan importante detención, atribuía el mérito a los servicios de inteligencia norteamericanos.

La cúpula de Miquel Barceló, quien, junto a Antoni Tapies son dos de los pintores contemporáneos vivos más importantes del mundo, que adorna el salón de los Derechos Humanos y Alianza de Civilizaciones de la sede de Naciones Unidas en Ginebra (Suiza), ha desatado una ola de descalificaciones y discursos demagógicos que producen vergüenza. Sinceramente pienso que no tiene sentido rebatir aquí los miserables y demagógicos argumentos (?) de personajes como Gonzalo Robles o Arias Cañete. De nada vale constatar que el encargo al pintor data de hace mas de un año. Que nada dirían si la cúpula le hubiese sido encargada al "eximio" pintor de vidrieras en serie Kiko Arguello. Que es inútil comentar la emoción que se siente al contemplar en el edificio de la ONU de Nueva York la impresionante vidriera de Marc Chagall, del orgullo que sienten los compatriotas del genial artista franco ruso. Solo voy a decir al respecto que, si el cambio climático no transforma la humanidad en extraños mutantes, cuando los diputados del PP, sus escribas mediáticos y este comentarista sean algo menos que cenizas, el mundo admirará la obra de Barceló y la contribución a la cultura universal de un país llamado España.

¿Por qué si no gobierna la derecha no creen que España cuenta en el mundo? ¿Qué les duele?

*Hugo F. Silberman en elplural.es

Hugo F. Silberman*

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