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538 años del nacimiento de la ciudad de Las Palmas

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Barrio de Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria

Barrio de Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria

Cumplimos un aniversario más de la fundación de la histórica ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, que naciera el día 24 de junio de 1478, la llamada El Real de Las Palmas en sus principios institucionales, cuyo propósito era, en un principio, la conquista de la isla de la Gran Canaria, por la corona de Castilla. Los Reyes Católicos dan las oportunas órdenes para el asedio, dictándose ésta por una providencia el día 13 de mayo del citado año, documento que fuera firmado por la reina Isabel I de Castilla, en la ciudad de Sevilla, por la que se accedía a la expedición de tropas a la isla, para su batalla y ocupación. Objetivo que no fue fácil por la fiereza de los isleños ante los conquistadores que osaron someterla en su dominio o esquilmarla en sus riquezas.

Una de las escusas o licitaciones para la conquista de las Canarias, se escriben en los textos históricos, tenía por finalidad contribuir a la cristianización de los paganos existentes en esa isla. Por ello, se enviaba a las fuerzas militares que debían ir a “la Isla de la Grande Canaria para sojuzgarla a la Corona Real, é para expeler, con el fervor de Dios toda superstición y heregías que allí y en algunas otras yslas de infieles usan los canarios y otros paganos”. Ese fue el propósito del obispo Frías en su primera llegada a la villa recién nacida: crear iglesias y conventos para la evangelización de los aborígenes. La otra sería servir de base para la conquista de las restantes islas y las expediciones aventureras por la costa africana.

Las tropas conquistadoras al mando de Juan Rejón, jefes y la curia evangelizadora con el Deán Bermúdez y el obispo Frías; y seiscientos soldados, montaron su acampada militar en una pequeña colina en el margen izquierdo del Guiniguada. En ese mismo lugar había agua potable de la correntía del barranco; protección de los continuados ataques de los defensores aborígenes; y próximos, a una emergente retirada hacia las naos, donde habían fondeado en el refugio natural de las Isletas. De esa forma colateral, sin premeditación o ex profeso objetivo de implantación de una ciudad o villa, nació El Real de Las Palmas.

En ese mismo terreno se instaura la intendencia para la conquista de toda la isla grancanaria, objetivo que le trajeron a las tierras canarias. El sanguinario Juan Rejón, entre intrigas y por su enemistad, decapita al gobernador Pedro de Algazaba, quien había llegado posteriormente a la isla, en la plaza pública del montículo denominado de San Antón, de la recién creada villa. El invasor capitán Rejón fue muerto en San Sebastián de La Gomera, a manos de las huestes de Hernán Peraza, señor de aquella isla ya conquistada. Seguidamente, llega Pedro de Vera como gobernador y capitán, que será el conquistador de Gran Canaria, no sin antes, haber sido un brutal verdugo y canalla contra la población aborigen, a la que traicionó con sucias tretas y traiciones a los guanartemes, faycanes y a los briosos guerreros canarios (Doramas, Maninidra y Adargoma) para vencerles y hacerles claudicar con la derrota. Con viles artimañas se anexionó todo el territorio insular.

La anexión de Gran Canaria a la Corona Real de Castilla se establece en el año 1483, después de sanguinarias batallas y escaramuzas entre los autóctonos y los invasores castellanos. Será esta isla la primera conquistada por las tropas españolas, restando la invasión de las demás archipielágicas para posterior periodo (Tenerife y La Palma, denominadas islas realengas). Fue este el primer dominio territorial incorporado por la corona española en ultramar, y sería la primera vez, que se asoma dicha monarquía a los territorios allende sus fronteras europeas, y lo hace en preferencia a la reconquista de Granada (1491, con la claudicación del rey moro Boabdil).

Anteriormente a la conquista, se llegó a un acuerdo entre las coronas de España y Portugal con el tratado de Alcacobas, en la que el país luso le deja el dominio de las ínsulas a la corona de Castilla. La ocupación de Gran Canaria y su propiedad española ultramarina, tuvo como objetivo, ser el epicentro geográfico y logístico para las futuras conquistas de las tierras aledañas del occidente y sur africano, con las apropiaciones de tierras, como Guinea; y otras riquezas: oro, metales, especias, esclavos, etc. Y posteriormente, también sería un enclave de refugio y escala, avituallamiento y reparaciones, para la gran epopeya de la conquista del Nuevo Mundo. En el primer viaje de la hazaña descubridora, hizo Colón escala en el puerto natural de La Isleta, donde reparó sus naos y se surtió de víveres, animales y plantas que fueron transportadas hacia América (plantones de caña de azúcar que se reprodujeron con gran éxito en Santo Domingo, donde se construye el primer ingenio de azúcar); y con escala también, en La Gomera.

La importancia social y política de la joven urbe, es considerada para la obtención del título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Las Palmas, redactado por el secretario Conchillas, otorgado por el rey Fernando y su hija Juana, el día 28 de enero de 1515. Ésta se va asentando y consolidando en sus órganos administrativos y religiosos. Se irá expandiendo hacia los márgenes derechos del Guiniguada, por la entrega de tierras para la construcción de viviendas y de labranza, a los miembros de la oficialía y soldadesca conquistadora. La habitan también, mercaderes, colonos, dueños de ingenios azucareros, labradores, artesanos, curias de conventos en ambos sectores, etc. Y paralelamente, se puebla de casas-chabolas los ‘Riscos’ de San Nicolás, donde malviven como pueden las clases más humildes: esclavos, sirvientes, agricultores, aborígenes, etc.

La villa se va amplificando, aunque mínimamente, en el mapa urbano: Vegueta y Triana conforman los orígenes de la ciudad Atlántica. Los poderes civiles y religiosos van tomando sus atribuciones sociales y religiosas, estableciéndose todos en rededor de la Plaza Mayor de Santa Ana: Primer Cabildo, Ayuntamiento -con título Real en 1506-, Catedral de Canarias, Episcopado, Tribunal de la Inquisición, Casa Regental, Capitanía General y Audiencia; y en su lado sur las señoriales casas de los hidalgos civiles. Pero durante un periodo de tres centurias, apenas se ensancha el plano de la ya vetusta ciudad. Todo se limita al recinto amurallado de la villa. No se construyen nuevas casas ni las originarias barriadas de Vegueta y Triana se expanden hacia sus latitudes norte o sur.

La capital había dejado de crecer desde su fundación. Nada se mueve en la solariega y tranquila ciudad del Atlántico desde el siglo XVI hasta los amaneceres del XIX. Por lo que se llega a esta nueva etapa, donde la villa del Real comenzaría a renovar y a crecer por nuevas construcciones hacia el norte, por la inminencia de sus necesidades comerciales y de población. Se desarrolla la longitudinal carretera (hoy de León y Castillo), desde Triana hacia el nuevo puerto de refugio, estableciéndose el nuevo barrio de Arenales en el año 1860.

Sus construcciones urbanas se habían quedado obsoletas con tres siglos de inactividad. En un texto de memorias de sus vivencias de Domingo J. Navarro, ‘Recuerdos de un noventón’, escribe: “Más de trescientos años se habían pasado desde la fundación de la ciudad de Las Palmas y todavía conservaba la mezquina construcción de los primitivos tiempos y el aspecto morisco de las indolentes y sucias poblaciones del continente africano”.

El tráfico marítimo en el puerto de las Isletas, con un incremento de buques de vapor, demandante de labores portuarias y de servicios paralelos al puerto, hace que se cree el puerto de La Luz en el año 1883, año en que se inician las obras del espigón, y fue finalizado en 1903. Ese mismo muelle se conserva aún, aunque modernizado en sus modernos atraques y anchuras. El comercio náutico se multiplica con el norte de Europa y de asistencias portuarias, en las obligadas escalas de buques que transitan por los tres continentes. Al unísono y por las demandadas necesidades de la población que se crean alrededor del puerto, para tantos trabajadores portuarios, nacen las urbanizaciones de La Isleta, Alcaravaneras y Santa Catalina.

A partir de esa fecha decimonónica, la ciudad no deja de crecer en sus estructuras y estilo constructivos de modernidad internacional. Sobremanera a raíz de los movimientos portuarios que dan vida comercial y económica a la ciudad, isla y archipiélago. El crecimiento de Las Palmas de Gran Canaria por todas sus latitudes, la han convertido en una gran ciudad moderna, que ocupa el octavo lugar poblacional del Estado. Una ciudad y su puerto y aeropuertos que por mor del tráfico naval y aéreo por el turismo, pasajeros en tránsito y servicios que generan, no para de aumentar. Aunque sin ausentarse de los problemas que también conllevan estas ratios.

Triste es que las páginas imborrables de esta histórica ciudad sean negadas al antojo de intereses partidistas y propios de una clase ególatra, que eventualmente dominan la región canaria. Los derechos históricos de una metrópoli son inapelables y no pueden ser vilipendiados en su estatus de haber sido la primera ciudad fundada por los Reyes Católicos en ultramar; y de haber obtenido otras titulaciones honoríficas. Paradójicamente, en todas las Comunidades del Estado español, no se repite esta irreverencia con la historia y los derechos de una urbe histórica.

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