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El aval

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Guando el Gobierno de Canarias me dio los 30 millones cash, algo así como inocularme el cielo en vena, miré hacia la grada donde estaban los fariseos del Círculo y la Confederación y les dije: Ustedes, lobby que se dedican a oprimir moralmente a los demás, indicándoles lo que está bien, lo que está mal, y lo que está peor... Ustedes, que se las ingenian de mil maneras para escupir sobre esa ley de leyes que recomienda a todos sobrevivir gracias al propio esfuerzo y a su capacidad para la libre competencia... Ustedes, matrimoniados con la mentira y la doblez, exigiendo obsesivamente la observancia de unos dogmas que sólo se aplican para los demás..., ustedes, ¿qué van a señalar de mi comportamiento? ¿Que me aprovecho de la Administración? ¿Que la Administración es clientelar? ¿Que el momento es sospechoso por ejecutarlo a dos meses de las elecciones? Díganme: ¿quién tiene los santos cachivaches en su sitio para asegurar que soy el protagonista de un pelotazo? A mí los intermediarios de los automóviles y el fervor mesiánico de los predicadores de las economías ultraliberales. ¿Acaso es nuevo el milagro del que fui bendecido? Es una historia sencilla de contar: empresa canaria vendida dos veces, en una a mi hermano, y en la otra a unos ingleses, el cobro total de unos 10.000 millones de las antiguas pesetas, los ingleses que no se enteran, que se la cargan, que no saben lo que es competir en régimen de monopolio, en fin algo lamentable pues yo inventé el monopolio en el género antes de vender, total que me llaman, que me muestran las cuentas, que me llevo las manos a la cabeza, que siento pena por la herencia desmayada, que están en la ruina, que regreso con el rabo entre las piernas, que me encuentro con una deuda de 18 millones de euros, con 1.500 empleos directos y unos mil indirectos, que tomo el toro por los cuernos, que entro en una especie de administración concursal sin juez Cobo Plana, que todo dios empieza a condonar, que los proveedores lo hacen en un 30%, que la gente se porta de miedo y desplazan sus cobros hasta más allá de los seis años, que aún así sigo con la soga al cuello, entre náuseas y los viejos fantasmas de otras épocas felices, que no sé cómo salir de ésta, que lo hablo desesperadamente con el Gobierno, con el consejero de Economía y Hacienda, y que él, comprensivo, líder evangélico de la amabilidad y de la cortesía, que entiende a la primera que una empresa canaria como la mía no se puede hundir de ninguna manera, y él que ejerce de nacionalista y por lo tanto de protector de todo lo nuestro, en un plisplás, halla el lenitivo para quedarme intacto, evitar el derrumbe, hacer patria canaria de un montón de escombros, y que, es curioso, mientras la tierra se abre bajo los pies de determinadas viviendas que están a una distancia de cien metros del mar porque su propietario osó toserle, a mí, en cambio, en estado de indefensión total, el terremoto de los terremotos, me tocó en el hombro y, hermano, fue viajar desde Tejeda al jardín de Las Hades, reinando sobre vivos y muertos, plenamente glorificado en el inframundo, directamente copulando con Perséfone. Estoy asustado de mi felicidad. Por ser útil a la febril actividad humana de los grupos de aprovisionamiento. Ah, los eufemismos; sin ellos no hubiera podido escribir esta crónica ni hacer sonar la trompeta como si estuviera desempeñando el papel de ángel de la guardia de una nación en llamas, de querubín de la canariedad, hasta que se descubra que sólo era el cronista de una tropa de saqueo. ¿Dónde está el fariseo que no quiere lo mismo que yo o aquel que, desdeñándolo, no roza las mangas del poder para merecer sus prebendas?

Francisco J. Chavanel

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