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Un beodo y un juez

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Cuando se está haciendo un esfuerzo tremendo por derribar el muro de terror que paraliza a las mujeres maltratadas, resulta casi una burla enfrentarse a sentencias de esta índole. Sobre todo, porque en muchos casos los malos tratos suelen ir asociados al abuso del alcohol por parte del hombre. Y porque en otros delitos, como un asesinato, una violación o un atropello, la ebriedad ciertamente se puede aplicar como eximente, pero no completo. Es decir, estar borracho no es justificación para cometer todo tipo de tropelías con total impunidad. Y, desde luego, no puede convertirse en un argumento que enarbolen los maltratadores para moler a palos a sus mujeres. Tengo la sensación de que estas sentencias que van contra todo sentido común actúan como auténticas cargas de profundidad en quienes están ante la disyuntiva de dar un paso adelante o seguir aguantando dolor y vejaciones. ¿Qué confianza ofrece una justicia que concede inmunidad al borracho para cometer cualquier barbaridad? ¿Qué amparo? Lo normal es que cualquier mujer en esta situación se lo piense y antes de llegar a la comisaría regrese por donde ha venido. Es cierto que la mayoría de los jueces no son así, pero a quien le toque la excepción se juega la vida. Porque en casos de violencia doméstica ya no se trata de obtener resarcimiento moral, sino de salvar la vida de una persona, de poner los medios para que no la maten. ¿Quién juzga al juez?

Esperanza Pamplona

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