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La bicicleta

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Presumimos –que es a lo que iba- de que, a pesar de todo el personal que sale a la calle y de los follones y mogollones a los que se lanza el gentío de las islas, nuestras carnestolendas se desarrollan pacífica y civilizadamente, sin mayores problemas de orden público y sin un aumento considerable de la delincuencia. Lo cual es cierto hasta cierto punto. Pero, sólo hasta cierto punto. Faltaríamos a la verdad si dijéramos que el fiestorro está exento de ciertas actitudes agresivas y violentas y hasta haríamos el ridículo si defendiésemos semejante sandez. Tantísima algarabía humana con tantísima copa y otras sustancias estimulantes encima, siempre generan situaciones conflictivas y problemáticas. Otra cosa es que la sangre, por fortuna, no llegue casi nunca al barranco y que, cuando llegue, se minimicen los sucesos en aras de la buena imagen de las festividades. Si los carnavaleros fuesen unos angelitos de Dios y unos ciudadanos capaces de mantener la compostura y el control por mucha cargacera que llevasen encima, a parte de que el carnaval no sería lo que es, las autoridades municipales no tendrían que vallar circunstancialmente los parques y jardines, para evitar destrozos, los comerciantes no se verían obligados a proteger sus escaparates con muy severas medidas y los edificios semipúblicos y de oficinas no tendrían que recordar a sus moradores que cierren con llave la puerta de la calle cada vez que entren o salgan del inmueble. Peleas hay pocas; carteristas, muchos; intentonas de agresiones sexuales, cantidad. Las damas ignoran los toqueteos para que sus maridos o parejas no se vean metidos en broncas continuadas. Y así sucesivamente. Lo que ocurre también es que el carnavalero de pro, aunque crezca la inquietud y el grado de malestar año tras año, quita importancia a los incidentes y trata de evitarlos y de sofocar los conatos de disturbios que parecen estar siempre al borde del incendio. Y así son las cosas. ¿Y por qué titulé yo este artículo la bicicleta?... ¡Ah, sí! Una de estas mañanas, bajando hacia mi despacho encontré uno de estos ecológicos vehículos atado a un árbol en una de las calles más céntricas de Santa Cruz. Estaba la bici absolutamente destrozada, como si un ejército de anticiclistas la hubiese pateado hasta la extenuación. Los radios torcidos, el cuadro quemado, las ruedas como ochos, las cámaras convertidas en trozos de caucho irreconocibles. Me dirán que a nadie se le ocurre dejar una bicicleta a la intemperie en noches como estas. Vale. Pero, si nuestros carnavales fuesen tan civilizados como se supone, podría dejarse ahí, sin que pasara nada. O sea, que ya sé el porqué del título. Los rollos simbólicos que uno se tropieza por ahí. Ya ven.

José H. Chela

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