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Lo bueno de lo malo por José Fc. Fernández Belda

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Recordando aquel viejo refrán, dicho agudo y sentencioso de uso común según el DRAE, que no hay mal que por bien no venga, tal vez sería oportuno intentar sacar algunas consecuencias del espectáculo trocante entre lo bochornoso y lo cínico que en estos meses nos ofrecen casi todos los partidos políticos nacionales y nacionalistas, o mejor dicho, los miembros de sus aparatos de poder, a plena luz y taquígrafos o en las oscuras covachas de la intriga palaciega.

Ahora ocupa la atención prioritaria de casi todos los medios de comunicación social, la situación que vive el Partido Popular, porque tal vez fuera el de mayor afiliación en toda España y el que más incrementó su apoyo popular, aunque el Partido Socialista haya ganado las elecciones de 2008 por un margen del 3,53% de los votos. Desde el punto de vista cualitativo no es menor ni menos truculenta la crisis de Izquierda Unida y la existente en otros partidos pequeños, cuya suma total de votos no llega al 12,5% y bajando en picado. Tampoco conviene olvidar la voladura en su día de UCD, ni las luchas fraticidas en el PSOE de Felipe, Almunia, Borrell, Guerra, Leguina o Rosa Díez. O las de Pilar Rahora, Carod, Puigcercós y otros en ERC. Memorables fueron los enfrentamientos en el seno de CC que acabaron en la fractura de la organización en dos partidos. Y así otros muchos casos de una nutrida lista.

Todas estas situaciones, diferentes en lo cuantitativo pero casi idénticas en el fondo de la cuestión, a mi juicio, reflejan un profundo mar de fondo y gran descontento ciudadano en lo relativo a la forma de articular la representación y la credibilidad de los políticos. Muchos creemos que la democracia real está secuestrada por los aparatos de los partidos políticos, que son los que ponen y quitan personas, alteran compromisos electorales sin dar explicaciones a la ciudadanía, amañan congresos y en la práctica dificultan, cuando no impiden abiertamente, la participación de los ciudadanos en sus debates, sean militantes o no. Si me piden el voto y la confianza ¿no tengo derecho a opinar con algo más que meter un papelito en una urna? Si cambian las condiciones generales en alguna materia grave y fuera necesario o conveniente modificar la postura previa, ¿no deberíamos ser consultados los "poderdantes" y de alguna forma redefinir o revalidar los "poderes" otorgados a los mandatarios políticos?

En esta apresurada reflexión, propondría como asuntos de debate importantes dos cuestiones, a mi entender, básicas para profundizar en la democracia real y no la predicada y lograr obtener algo bueno del bochorno actual. La primera y más importante a mi juicio, sería discutir si procede o no el retorno a la más estricta separación de los tres poderes básicos del estado definidos por Montesquieu: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, hoy con unas fronteras muy difusas o casi inexistentes, como puede deducirse de los continuos escándalos en esas instituciones que no se saldan con dimisiones si el afectado se autoaplicara los principios éticos generalmente aceptados que impone y exige a los demás, o con ceses en caso de que el aludido tenga otro juego de valores alternativo y quiera aferrarse con poxipol a la poltrona o canonjía, al cargo, o a todo a la vez.

La segunda cuestión, en orden de importancia, sería la reforma del vigente sistema electoral. Estos asuntos no debieran dejarse sólo en manos de los políticos que dicen representarnos y de los aparatos de los partidos que los sustentan, en todos los sentidos del término "sustentar", ya que son parte altamente interesada en mantener la situación actual e incluso agravarla. Soy consciente de que este es un asunto muy controvertido, la prueba evidente es que hay muy pocas naciones en el mundo que compartan un mismo sistema electoral.

En esta cuestión mi postura personal es bastante radical y contraria al ordenamiento español actual. Me gustaría poder elegir a los representantes políticos directamente, uno a uno, no al bloque que un partido político tenga a bien proponernos. Quisiera poder elegir personas no listas, ni abiertas ni cerradas, ni cremalleras chica-chico ni nada parecido. ¿Por qué se acepta como "democrático" que haya un grupo de personas que preseleccionen a los candidatos? ¿Quién les ha otorgado ese inmenso poder? ¿Por qué se acepta que la representación política tenga que hacerse forzosamente a través de un partido político o agrupación de electores (protopartido político en suma) y no como candidatura unipersonal? No propongo la supresión de los partidos, bien al contrario. Lo que sí que no me parece racional es que esa sea la única forma legal de representación. Si al poder elegir personas se le añadiera que el Parlamento debiera ser renovado al 50% cada dos años y que el Senado tuviera un mandato de seis años, renovable por tercios cada dos, posiblemente representarían mejor a los ciudadanos a lo largo del tiempo sin los vaivenes actuales. Ese es el caso de los EEUU, entre otros.

¿No es casi una burla para los electores que los partidos políticos se vean obligados a rellenar las listas con personas que prestan su nombre, por exigencias del guión, pero que no tendrán la menor posibilidad de salir elegidas? Más grave y sarcástico aún es cuando se sabe que hay lugares del territorio español donde el figurar en una lista puede ser un estigma con repercusiones sociales y económicas para ellos o para sus allegados, o incluso que hay zonas en España donde prestar el nombre para defender unas ideas es un acto de auténtico heroísmo, donde el candidato se puede estar jugando la vida. ¿Para cuando la reflexión sobre todo esto?

José Fc. Fernández Belda

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