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Uno por lo menos

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Rajoy, que ya se ve en La Moncloa, quiso congraciarse con los canarios y contrarrestar así con una gracieta que su programa electoral no lleve ni una sola línea de las islas.

Su hombre en el archipiélago, que se cuida muy mucho la salud y que suele curarse en ella, no sé se zampará diariamente dos plátanos, pero seguro que tiene que desayunarse cada día un par de sapos.

Los candidatos siempre se ven en la tesitura de ganarse al electorado con este tipo de chorradas. Qué más nos dará a los canarios que los hijos del presidenciable se coman cada día dos bananas o dos tomates.

El único mensaje subliminal que puede colegirse de esa frase absurda es que los hijos de Rajoy tienen al menos algo que echarse a la boca.

Hay gente que no tiene para comer y enfila diariamente la cola del paro y de los comedores sociales a partes iguales.

Quevedo desacreditó a Rajoy porque como médico sabe que comerse cada día dos plátanos supone una cantidad excesiva de potasio que no es buena para la salud. Una cosa es tomar vitaminas y otra atiborrarse de ellas como un culturista de bote.

Soria aprovechó a su vez para descalificar a Quevedo porque, según él, hace tiempo que no ejerce como médico al dedicarse por entero a la política. Ese mismo argumento lo podía haber utilizado el galeno sobre Soria. ¿Por qué habla de economía y de acabar con el desempleo si hace tiempo que sus actividades públicas no le permiten ejercer como técnico comercial del Estado que es?, le podría haber espetado también Franquis tranquilamente.

Cada día un plátano por lo menos, rezaba el lema de aquella campaña publicitaria de los exportadores canarios. Rajoy cogió la receta al pie de la letra y la aplicó a sus hijos. De él no dijo nada, por lo que no sabemos si al candidato le gustan los plátanos o las mandarinas. Seguro que en Valencia dirá que sus hijos se comen dos naranjas al día.

Sea lo que sea es difícil saber lo que piensa Rajoy, ya se trate de plátanos o de recetas para acabar con el paro. Lo único que sabemos de él es que le cuesta entender su propia letra, como a los médicos, y que no tiene el remedio mágico para crear empleo, como los técnicos comerciales del Estado.

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