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36 corbatas y un crucifijo

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24 diputadas y 36 diputados conforman el Parlamento de Canarias. Ninguno se atrevió a ir sin corbata al pleno constitucional, por lo que se contabilizaron 36 de estas prendas ornamentales tan ridículas como inservibles. Ninguna mujer se atrevió a llevar corbata ese significativo día, por lo que hay que colegir que estamos por la igualdad, sí, pero no en todo. A los hombres se les sigue obligando a ir encorbatados y chaqueteados mientras que las mujeres pueden ir a estos actos casi como les venga en gana: para gustos se hicieron los vestidos de colores. ¿Dónde está la igualdad en la vestimenta? En los últimos años muy pocos diputados se han atrevido a ir al Parlamento sin corbata y chaqueta si exceptuamos al excelente poeta y literato Pedro Lezcano, al asambleario Carmelo Ramírez y al valiente profesor e intelectual Toni González Viéitez. Para hacer eso hay que tener una gran personalidad o los principios enhiestos. El nuevo presidente del Parlamento, Antonio Castro Cordobez, dijo en su discurso inaugural que los políticos tienen que estar en contacto con la gente de la calle. La gente de la calle somos todos nosotros, los que no somos políticos ni vivimos de la sopa boba. Pero para estar en contacto con la gente normal, corriente y moliente hay que ser normal, corriente y moliente. En primer lugar, los políticos que representan al pueblo deben vestir como la mayoría, y la mayoría no va por la calle con chaqueta y corbata ni emperifollada con vestidos de alta costura. Entonces, ¿por qué los políticos que nos representan van siempre por encima de los representados, como hacía Soria subiéndose los famosos seis escalones en el salón de plenos de la casa palacio? El problema de los políticos es que son ellos los tienen el privilegio de ponerse su sueldo, que además no es nada escaso, por lo que tampoco en eso se parecen nada a nosotros. Para que un político sepa lo que es ser un ciudadano normal tiene que vivir con un sueldo normal, o incluso con un salario bajo, como nos pasa a la mayoría de los canarios. El dinero público dedicado a nuestros representantes no es el chocolate del loro, como muchos creen. Si ellos dieran ejemplo de austeridad, a lo mejor les creeríamos. No nos fiamos de ellos precisamente porque no son como nosotros, porque no visten como nosotros, porque no tienen los mismos problemas que resolver cada día, porque no pasan penurias con sus retribuciones, porque no se identifican con nosotros y, en reciprocidad, nosotros no lo hacemos con ellos. Prueba de que lo suyo es un paripé, puro teatro, es la escenificación de su jura o promesa. En pleno siglo XXI, más de 30 años después de acabada la dictadura franquista del nacionalcatolicismo, siguen jurando o prometiendo su cargo ante un gran crucifijo en un Estado aconfesional donde la gente no practica su doctrina religiosa públicamente, sino en privado, como debe ser. ¿Podemos fiarnos de unos políticos marcianos que no visten como nosotros, que no tienen nuestros mismos problemas y que, con tal de seguir asidos a un buen sueldo, son capaces de jurar o prometer delante de un crucifijo a pesar de no practicar el cristianismo? ¿Vamos a seguir permitiendo que nos tomen el pelo? Y luego nos quejamos de que nos traten de aplatanados. Evidentemente somos unos auténticos indolentes, unos pasotas despreciables que no sabemos exigir a quienes les pagamos, en este caso sí, religiosamente. Quizá por eso lo del crucifijo.

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