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Las cosas de la derechona (2)

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Los ataques a la organización autonómica del Estado han dejado en un segundo plano la vieja historia de centralismos, descentralizaciones y federalismos para poner el acento en que las autonomías son derrochonas como ellas solas y de ahí el déficit público que nos tiene a mal traer. A lo que replicó Santo Juliá con un párrafo que me ahorra extenderme más en este punto: "Nadie impuso a los gobiernos de las comunidades autónomas multiplicar las televisiones públicas, crear entes autónomos a cargo del presupuesto, reproducir la estructura del Estado, dedicar los dineros de los ERE a la pensión de la suegra, contratar al Bigotes para recibir al Papa, utilizar las Cajas de Ahorros para financiar proyectos faraónicos, autorizar planes urbanísticos de destrucción de las costas? Todo esto ha ocurrido en la España de las Autonomías, pero la responsabilidad no es del tipo de Estado sino de la clase política que lo ha administrado".

El comentario de Juliá nos pone ante la evidencia significativa de que cuantos vienen rajando de los derroches autonómicos y piden la "recentralización" del país, arremeten contra una organización estatal esbozada en un papel y no contra sus colegas, responsables directos del derroche. Por lo visto, será cosa del corporativismo, es menos problemático que haya políticos derrochones, zarandajos y que una concepción descentralizada del Estado. Nunca diré que el sistema autonómico que nos han dado sea cosa del otro jueves, pero nadie puede discutir que con todos sus inconvenientes y con cuantos reparos pueda ponérsele, el hecho cierto es que ha permitido progresar al país.

Parece mentira que todavía hoy haya de recordarse a los "recentralizadotes" que la autonomías no son un capricho sino el resultado de la misma constitución física del país y no se tenga en cuenta que: 1) El Estado español se asienta sobre una meseta central rodeada de grandes cadenas montañosas y que ocupa la tercera parte de su territorio; 2) Que por fuera de la meseta están los montes vascos, los Pirineos, las montañas catalanas y los sistemas béticos y Penibético de los andaluces, etcétera; 3) Que esta compartimentación física ha facilitado la creación, desarrollo y pervivencia de formas de vida locales, con sus implicaciones psíquicas, de relación, socioculturales, de usos económicos, de formas de organización política, etcétera. Y nada les digo de Canarias con todo un mar de por medio; por más que los políticos isleños, que no son lumbreras, solo perciban esa particularidad en materia de subvenciones al transporte y haya incluso quienes proponen suprimir los Cabildos, que equivale a negarle a la entidad "isla" su entidad administrativa y eliminar el necesario contrapoder; 4) Que la unión conseguida por los Reyes Católicos fue una simple confederación y que el Estado español surge a principios del siglo XVIII con el primer Borbón; y 5) Que el nacionalismo español, que expresa el centralismo del aparato del Estado ubicado en Madrid, se ha estrellado e incluso bañado en sangre cada vez que ha tratado de imponer la unificación por las bravas.

Si tan fuera de lugar está el deseo suicida de acabar con las autonomías, en lugar de profundizar en ellas y mejorarlas, no lo está menos el tratar de llegar al otro extremo, la independencia, por ejemplo. Como hoy voy de citas, tomo prestada a El País otra de Ángel López García-Molina, catedrático de Teoría de los Lenguajes de la Universidad de Valencia: "Que nadie piense que en un mundo a la vez global y hostil, como el que nos circunda, podremos subsistir con el modelo vigente, el cual nos hace cada vez más pequeños e ineficaces, juntos o separados, poco importa. La España centralista se ha revelado un fiasco histórico, pero la ruptura pura y simple de los lazos comunes, con la que tan alegremente especulan algunos nacionalistas, dejaría a sus respectivas naciones fuera de su mercado natural, desvinculadas de los territorios de su mismo tronco lingüístico y/o cultural y además sería el embrión de futuras contiendas civiles?". Pues, eso.

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