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Las costas se ahogan

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El negocio estaba servido. Desde la década de los años sesenta; en los ochenta; y aún hoy, en los albores del siglo nuevo. El desenfrenado dispendio continúa. Y después de la última Ley de Costas, que se reglara con las lógicas disputas parlamentarias (en muchos de los representantes del despiadado poder especulativo, en el mismo Hemiciclo), por la ex ministra Cristina Narbona, con una regulación protectora hacia la costa marina, (que incluso hará derribar las casas costeras de Cho Vito, en Tenerife, según la última sentencia, en un plazo máximo de seis meses).

Pero, hete aquí, que el Congreso nacional, hará en breve, una reforma a la Ley de Medio Marino. Y quién, si no, ha presentado enmiendas: Coalición Canaria. La cual sigue los dictados externos del poder fáctico de la oligarquía económica de Canarias, para continuar con el lucrativo negocio constructivo, cueste lo que cueste al medio ambiente; y del clientelismo popular, para salvaguardar sus casas de ocio playeras.

Canarias suma 1.300 kilómetros de orilla costera (el 20% de la totalidad española), siendo un territorio muy frágil en toda su totalidad, y es la costa más sufrida por tantos desmanes asalvajados, por la sinrazón destructiva en sus costas naturales. Es imprescindible una ley de especial conservación, porque el litoral canario es clave para todo el desarrollo de la vida, tanto marina como poblacional. El turismo, ocio, industria portuaria, y etc., son muy sensibles a esa trágica alteración medioambiental.

Canarias necesita de un desarrollo sostenible en todo su litoral por lo expuesto, y porque también tiene el deber moral y la responsabilidad ecológica de proteger toda su extensa biodiversidad marina y costera. Porque la alteración del ecosistema y de toda la flora y fauna, hace que los habitantes en general, padezcamos por ese maltrato de la naturaleza. Sin embargo, de nuevo y para más inri, se aprueba en abril de 2009, en el Parlamento canario, otra reforma para suavizar la ley de moratoria (lo que se traduce, en más desastres naturales, permisivos legalmente, a las constructoras), argumentando el incremento de camas. Y como se supone, en cualquier orilla.

Otra vez, claudica este gobierno ante las feraces fauces de los depredadores del hormigón y los amos del suelo especulativo, sin conmiseración, porque ellos no van a durar eternamente, pensarán, y sus cuentas corrientes (y de algunos parlamentarios) en suma y sigue. Al unísono, en la misma fecha indicada, crearon otra reforma, con la peregrina excusa de tener "valor etnográfico, arquitectónico o pintoresco", para abolir legalmente de la piqueta, los horribles chamizos de los litorales; y sobre todo, mantener en pie los hoteles en Lanzarote que infringieron las leyes vigentes.

En junio de 2009, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, daba un serio aviso a los administradores de tan anacrónicas leyes y de ilegalidades oficializadas contra natura, con el agravado error de continuar edificando el frágil litoral. El turismo, del cual vive las islas hoy, con la mayor entrada de capitales, desea gozar de unas costas con su naturaleza protegida, para relacionarse con la misma simbióticamente, con un medio ambiente lozano y lleno de vida. No viene de tan lejos a aberrar sus vacaciones con la visión de cajones con puertas y ventanas. Un deplorado ejemplo lo tenemos en la bella playa de Maspalomas, que pierde 44.000 m. cúbicos de arena al año, por efectos de la construcción de puertos y establecimientos hoteleros en las orillas costeras.

Aún estamos a tiempo de proteger y sacarles provecho a las costas, pero con el exquisito respeto a sus ecosistemas y naturalezas. Y para lo cual, habrá que procurar abolir el voto de tanto desalmado infiltrado en la política, para así apreciarlos más, y no sean una sufrida patología para la convivencia y administración ciudadana.

Teo Mesa

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