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Lo crudo de la reforma laboral

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Por la parte empresarial y habida cuenta de que los parados pasan de cuatro millones a pesar del alto precio y de las dificultades de los despidos, es lícito pensar que demandan más facilidades para alcanzar patrióticamente los cinco millones y conseguir que el trabajo pase de ser un derecho a convertirse en favor otorgado graciosamente por los patronos a sus asalariados.

Por el lado sindical, al margen del hecho de que han cargado a los trabajadores el coste de la crisis, el asunto no está más claro. Los sindicatos no suelen movilizarse en defensa de los parados sino de quienes conservan su empleo, lo que se presta a perversas interpretaciones. Y aún así, lo hacen en este caso con la boca chica de una convocatoria de huelga general a la vuelta de las vacaciones de verano. Aseguran, los sindicatos, que no pretenden tumbar al Gobierno y yo me lo creo aunque no comprendo que arremetan contra unas medidas concretas y no contra la docilidad de ese mismo Gobierno ante las exigencias de los mercados, que siempre quieren más.

Quiero decir que el problema de fondo no son las reformas laborales sino que Zapatero, al igual que sus correligionarios socialdemócratas europeos, adoptó las recetas del neoliberalismo que se lo están comiendo por las patas. Alguien dijo una vez que la socialdemocracia es el capitalismo liberal con mala conciencia; ahora se ha tragado hasta esa mala conciencia. Pero, a lo que iba: los sindicatos no apuntan a los organismos europeos e internacionales, los que no previeron la crisis, fiados de la infalibilidad del dogma liberal y han echado sus consecuencias sobre las espaldas de las principales víctimas sin que nadie les pida cuentas.

La habilidad de tales organismos es parecer una entelequia frente a sindicatos que carecen de capacidad para elevarse a la dimensión en que se mueven y plantarles cara. Están fuera de alcance y actúan e imponen sus dictados a sabiendas de que la factura la pagarán los gobiernos nacionales, que habrán de acostumbrarse a vivir al borde de la desestabilización. La papeleta sindical es tan gorda como la de los gobiernos para hacer que la política se imponga a los mercados. Tiene su coña que aún haya quienes vean al Mercado como un mecanismo impersonal que sustrae las decisiones sociales al Estado perturbador en manos de hombres falibles y egoístas y hablen, al propio tiempo, de maniobras especulativas al amparo del Mercado contra países y sectores económicos.

Menos mal que para distraernos de tan graves cuestiones cuasi metafísicas tenemos al PP. Da risa que el portavoz pepero de Economía, Cristóbal Montoro, reproche ahora al Gobierno el abaratamiento del despido, nada menos. Esto y el rechazo a cuanto llevaban meses pidiendo define una relación con sus correspondientes europeos similar a la de los moriscos andalusíes y los líderes religiosos norteafricanos: les permitían comer cochino, ponerse ciegos de vino, conformarse con una sola mujer y no bañarse ni cambiarse de camisa para eludir la vigilancia y los rigores de la Inquisición. Como saben, para el Santo Oficio eran sospechosos de mahometanismo quienes no frecuentaran el Herreño, no se pasaran con las copas, fueran de flor en flor sin legalizar ninguna y no alardearan de jediondos profundos que huelen de lejos. Si a los moriscos les servía salirse de las normas para pasar por cristianos y que no los brasearan al modo, el PP cree que diferenciarse de sus correligionarios europeos les dará el poder antes de fin de año, que siempre habrá tiempo de volver a la ortodoxia.

Más gracia tuvo Soraya Sáenz de Santamaría para quien el Gobierno actúa a costa del pueblo pero sin el pueblo. Ese mismo pueblo que, es fama, el PP siempre tiene en cuenta. Vivir para oír.

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