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No son dioses inmortales

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Está claro que todavía quedan algunas cosas por decir, pero dichos responsables, así como los supervivientes de sus equipos de gobierno, deberán volver a las trincheras de la oposición, mal que les pese. De ahí que sus caras no reflejaran signos de alegría al escuchar los comentarios de los allí congregados. Me cuentan que esos mismos responsables andan pidiendo la luna y parte del universo al descubrir el lamentable estado en el que se encuentran las mentadas “trincheras”. Lo que ocurre es que los responsables de que las cosas no estén como deben son, en muchos de los casos, los mismos que ahora reclaman todo aquello que se les viene a la cabeza. Sé, por experiencia, que cuando uno llega a un organismo oficial para trabajar –y no forma parte del organigrama establecido- se topa con una montaña de inconvenientes, entre los que se encuentra el ser considerado segundo plato obligatorio. Tienes que pelear mucho y tener recursos para poder lograr tu cometido. La ayuda suele ser escasa, tardía y con el material de desecho. Antes están los conocidos –no importa que sean malos- que los “buenos por conocer” parafraseando el refrán. Después, si te los encuentras en otro foro, los mismos que te pusieron mil y una trabas se olvidan de un plumazo de todo y se convierten en cotorras que sólo saben reclamar lo mismo que te negaron a ti. Por ello no me extraña que, ahora, cuando el panorama político ha cambiado, y de manera bastante drástica, todo sean quejas, peticiones y el enarbolar el sistema democrático para lograr aquello que antes habían negado. En esto tengo sentimientos encontrados. Por un lado, pienso que estaría bien que se mancharan con el fango que anega cualquier trinchera que se precie. Viene bien que recuerden que son personas normales y que su situación personal y profesional –cargos electos que han disfrutado de una cómoda mayoría en sus respectivos organismos- fue producto de una elección de los ciudadanos. Ciudadanos que ahora han decidido que son otros los que deben gobernar los designios de una isla como la de Gran Canaria –y no quito el GRAN, a pesar de la campaña de necedades orquestada por cierto rotativo de la isla de Tenerife-. Y que conste que no me invade ningún sentimiento de revancha, es sólo que el juego de la política funciona así –se llama alternancia- y cuando se aceptan las reglas que rigen un juego tan particular como ése, no hay nada que objetar. ¿O sí? Después está un elemento que también me parece muy importante; es decir, el juego limpio y democrático que tantos han olvidado en los últimos años. Dichas reglas, las cuales se aplican a otras áreas de la vida personal y profesional, dictan comportamientos que logran que esta sociedad, mal que bien, funcione. Por ello, descargar sobre la futura oposición toda la basura que han debido soportar quienes están a punto de abandonarla sería ir contra la ética que debe regir en un ámbito como el político. Tampoco piensen que mi conciencia me dicta dicho comportamiento. Más que mi conciencia es mi experiencia y el tener claro que no se le debe dar, a quienes tuercen las leyes a sus gusto y conveniencia, el más mínimo argumento –por lo menos argumentos reales- para que ellos lo devuelvan con sus malas artes. Luego podrán gritarle al viento, soltar las miríadas de mentira que enarbolan, con tan de salirse con la suya y retar a la sociedad para que se posicione. Poco les importarán los resultados de sus actuaciones, siempre y cuando logren sus objetivos. Entonces, entenderán que cuantos menos argumentos se les den, mejor para desenmascarar, luego, sus retorcidos argumentos. Me cuentan que nuestra sociedad, la canaria –sin particularizar en ninguna de las islas- está reclamando un código de conducta para que las cosas cambien y el futuro tenga más de una sigla, más de una ideología y, sobre todo, más de una opción. Cerrar los ojos y los oídos ante tal petición, tras unos años que mejor los olvidamos en el fondo del mar, matarile lire lire, podría ser un error de los que luego se pagan en las urnas. No es fácil dicho cambio, viendo los protagonistas, sus actitudes y quienes les apoyan. Lo que sí está claro es que muchos se han despertado, para darse cuenta de que NO SON DIOSES INMORTALES, algo que está bien, muy bien.

Eduardo Serradilla Sanchis

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