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La economía del calentamiento global

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Las cifras subrayan inequívocamente la consistencia de esta afirmación. Si decidimos enfrentarnos desde ahora al problema del calentamiento global, los costes rondarán un 1% del PIB mundial. No hacer nada al respecto implicará una pérdida anual de un 5% en el mejor de los escenarios analizados. Ahora bien, si sumamos todos los factores de riesgo -y buena parte de la literatura científica apunta claramente en esa dirección- dicha cifra podría alcanzar el 20%. Es decir, que la magnitud sin precedentes del cambio climático podría ser devastadora para la economía mundial. El informe predice los peligros que se ciernen sobre nosotros si nos mantenemos pasivos frente a este problema: inundaciones, millones de desplazados, dificultades para producir alimentos… En fin, nunca me han resultado atractivos los discursos apocalípticos, pero esconder la cabeza como el avestruz puede conducirnos a un futuro indeseable. El reto consiste en lograr estabilizar nuestras emisiones de dióxido de carbono en una horquilla de 450-550 partículas por millón, un nivel aceptable para el medio ambiente y asumible desde el punto de vista económico. Todo lo que hagamos en los próximos 20 años tendrá un escaso efecto a corto plazo, pero a medio y largo plazo determinará la evolución del calentamiento global y, por ende, de la economía mundial. ¿Qué medidas se proponen para salir airosos de este reto mundial? Lo que parece claro es que la globalización también ha llegado al medio ambiente, esto es, que lo que cada país haga de manera individual sólo constituye una parte del problema, viéndose como indispensable una acción concertada a nivel mundial que vaya más allá del Protocolo de Kyoto o de las cuestiones recientemente abordadas en Nairobi. El mercado del carbono y el canje de emisiones se muestran como el camino más evidente para que los países en vías de desarrollo reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, al tiempo que las tasas y la regulación del mercado de los combustibles fósiles mostrará a los ciudadanos los costes sociales de sus hábitos. Por otro lado, el informe recomienda quintuplicar la inversión en investigación y desarrollo de energías renovables o bajas en carbono así como la necesidad de establecer fondos de ayuda para que los países más pobres -que son los que van a sufrir con más virulencia los efectos del calentamiento global- puedan adaptarse a esta nueva situación. Otro aspecto llamativo del Informe Stern es la constatación de que la pérdida de masa forestal contribuye más al efecto invernadero que todo el sector del transporte, por lo que la lucha contra deforestación se vislumbra como una de las medidas más rentables para mitigar el cambio climático. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz tenía razón cuando afirmaba recientemente que “es mejor gravar la nociva contaminación que cosas positivas como el ahorro y el trabajo”. Al fin y al cabo, lo que la Tierra nos ofrece es mucho más importante que el actual modelo energético y económico, puesto que sin ella nada existiría. Esta verdad de Perogrullo es tan clara que resulta desesperante comprobar cómo la obviamos en nuestra vida cotidiana, en las decisiones empresariales y en las políticas públicas. Todavía estamos a tiempo de hacer algo al respecto. No merece la pena llegar al borde del precipicio. *Raúl García Brink es miembro de Nueva Canarias

Raúl García Brink*

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