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¿Hacia un enfrentamiento Washington-Ankara?

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Conviene señalar que la actual crisis tiene dos vertientes. Por una parte, Washington trata por todos los medios de impedir el operativo bélico ideado por el Estado Mayor de Ankara contra las bases del PKK situadas en el Kurdistán iraquí, que los turcos tildan de simple operación de castigo destinada a vengar la muerte de una treintena de militares y civiles asesinados recientemente por los separatistas kurdos.

Por otra parte, el establishment turco no disimula su malestar ante la aprobación, el pasado día 10, en el Comité de relaciones Exteriores del Congreso de los EEUU de una resolución que reconoce y condena el genocidio de la comunidad armenia turca, perpetrado por las huestes del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Huelga decir que todos los Gobiernos de la Turquía moderna se empeñaron a negar la existencia de llamado "holocausto armenio", alegando que se trataba, en realidad, de una desafortunada ofensiva contra elementos "hostiles" a la estructura del Imperio. En este contexto, la posible ratificación de la condena por el pleno del Congreso, prevista para mediados de noviembre, levanta ampollas en Ankara. El Primer Ministro Erdogan llamó al embajador turco en Washington para evacuar consultas urgentes; el propio presidente Bush se apresuró a advertir que la actuación de congresistas supone un peligro para las relaciones bilaterales.

El dilema planteado por el recrudecimiento de la violencia en el interior del país resulta aún más complicado. En efecto, hasta el sangriento atentado del mes de septiembre, el estamento castrense otomano se vanagloriaba de haber acabado con la guerrilla del PKK, haciendo hincapié en el hecho de que el conflicto interno generado por el grupúsculo marxista, que contaba con el apoyo de la KGB y de los servicios de inteligencia de Alemania oriental, se había cobrado más de 30.000 víctimas. Para combatir a los kurdos del PKK, el Estado no sólo movilizó al ejército y la policía, sino también a grupúsculos integrados por militantes de la extrema derecha o algunas agrupaciones radicales de corte islámico. La complejidad de esa extraña alianza aún no ha sido analizada con detenimiento por los politólogos; se trata, en efecto, de acontecimientos demasiado recientes, demasiado conflictivos.

En el caso del operativo contra las bases del PKK en la región iraquí de Kandil, los estrategas de Ankara lamentan la inexplicable pasividad de las tropas estadounidenses acantonadas en el país vecino. Los americanos hicieron oídos sordos a las quejas del Estado Mayor turco, que solicitó su intervención contra la guerrilla. Ante la negativa norteamericana, los militares otomanos optaron por un operativo transfronterizo que, según fuentes del Pentágono, podría poner seriamente en peligro la estabilidad política del Kurdistán iraquí, único oasis de paz cuyos pobladores no contestan la presencia estadounidense en suelo del Islam.

Los turcos confían en una solución de compromiso, que les permitiría atacar a los guerrilleros del PKK con el apoyo logístico de las tropas americanas. Sin embargo, el Pentágono advierte que, llegado el momento, el contingente estadounidense podría enfrentarse a las unidades del ejército de Ankara.

Aunque los americanos no disimulan su preocupan ante las posibles medidas de retorsión del Gobierno Erdogan, los estrategas de Washington confían en que dichos actos podrían tener, como ya lo habíamos señalado, efectos negativos para las ya de por sí difíciles negociaciones sobre el ingreso de Turquía en la UE. Malos presagios, pues, para la política exterior de Ankara, teniendo en cuenta la oleada de antiamericanismo que se ha ido apoderando de la opinión pública después de la ocupación del Irak por las tropas estadounidenses y el creciente porcentaje de detractores de la UE registrado últimamente en el seno de la población turca.

Adrián Mac Liman

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