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De lo que se entera uno

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Después, en la universidad, el colegio mayor y, una vez desembarcado en el mercado laboral, los calificativos hacia mi persona han sido de lo más variados. Admito que en el terrero profesional he tenido de todo –desde los más floridos, hasta los más destructivos- dependiendo del lugar en el que me encontraba y el pelaje y/ o la ideología de quién mandaba. Es algo normal en un mundo en donde las personas se entretienen catalogando al vecino en la hora del desayuno. Aún así, nunca –que yo sepa- me habían llamado pueblerino. Cierto es que tal “acusación” no ha estado dirigida sólo a mí sino a todos aquellos que hemos criticado los modos y maneras de la clase dirigente actual. No obstante, me siento partícipe de la mentada crítica ante mi forma de pensar. Podría ser perverso y creer que la muestra de desprecio que algunos mandatarios han demostrado para con mi persona –y mi forma de razonar ante su comportamiento- está basada en prejuicios y en una soberbia que rivalizaría con los mayores reyes absolutos de la historia. Sin embargo, todavía quiero pensar que si están en dicho puesto es por algo más que por su cara bonita. De ahí que recurriera al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, como otras tantas veces, para leer el significado de la palabra pueblerino. El diccionario dice lo siguiente: Publerino, na. Adjetivo. Perteneciente o relativo a un pueblo pequeño o aldea. Dícese de la persona de poca cultura o de modales poco refinados. Atendiendo a la primera definición, en la actualidad vivo en una zona de 230.000 habitantes, la cual pertenece a un área que reúne en su totalidad a cerca de un millón de personas. Además suelo pasar algunas temporadas al año en la ciudad de Barcelona, al igual que en Las Palmas de Gran Canaria y en Santa Cruz de Tenerife, y no defino a ninguna de ellas como un pueblo. En la segunda definición se podrían encontrar más puntos de fricción, pero tras hacer examen de conciencia, para que luego digan que la formación religiosa se olvida tras abandonar el colegio, he llegado a estas conclusiones. Parto de la base que cada uno tiene su propio concepto de cultura, pero me ceñiré a las definiciones más clásicas. ¿Me considero una persona de baja cultura? Veamos. Me gusta leer la literatura en todos sus géneros, y los cómics, que también entran en dicho calificativo. Me encanta el cine –y no sólo el género fantástico como muchos piensan-. Disfruto con la música clásica, el ballet y el teatro, tanto el clásico como el contemporáneo. Considero que una buena manera de pasar un fin de semana es visitar museos y exposiciones –uno de los grandes placeres de vivir en ciudades como Madrid o Barcelona- ya sean de pintura, escultura, arquitectura o arreglos florales japoneses. He tratado de asistir a cursos, seminarios y talleres –el último al que asistí en Las Palmas de Gran Canaria fue al genial Japananimation, organizado por el CAAM- para mejorar mi formación. Y me encanta leer los periódicos, varios y de distinta ideología, por las mañanas, algo que le debo agradecer al profesor que nos cuidaba en la guagua que me llevaba cada mañana al colegio. En la parte profesional creo que sé juntar unas cuantas letras, por lo menos eso llevo intentando desde hace cuatro años en esta columna. He trabajado también como corresponsal en varios festivales de cine, torneos de tenis y demás eventos culturales y sociales. Desde principios de los años noventa he impartido, talleres, seminarios y conferencias –para mofa y envidia de los que fueron mis compañeros en uno de los actuales rotativos en papel de Las Palmas de Gran Canaria- además de ejercer de comisario de exposición y organizador de eventos. En la actualidad, además de esta columna y un blog de cómic, colaboro en tres medios más y formo parte del comité organizador del Salón Internacional del Cómic de Santa Cruz de Tenerife. Mi nombre figura en un libro coral sobre el cine de terror oriental, pero no se lo digan a uno de los “expertos” del Festival de Cine de Las Palmas, porque seguro que le entra un malestar general. No sé si mis intentos por formarme como profesional y persona han dado los frutos deseados, pero no creo que responda al sentido peyorativo que algunos mandatarios le han querido dar a la palabras pueblerino. En cuanto a los modales, sé comer con la boca cerrada, no poner los codos en la mesa y demás reglas básicas. También sé hacerme el nudo de la corbata, no combinar rayas con lunares y colores estridentes –que carencia de espejos tienen muchos en sus casas- y no me he olvidado de ceder el asiento en un transporte público, dejar pasar a una persona mayor, y no tirar la basura a la calle. Cometo errores como todo el mundo y me imagino que me quedan muchas cosas por aprender. Y si creen que no merezco ser catalogado como pueblerino, conozco muchísimas personas mucho mejor cualificadas que yo, con más experiencia y bagaje profesional que, a buen seguro -y por no comulgar con los preceptos de los próceres de turno- serán igualmente catalogados de pueblerinos o algo peor. Lo que yo me pregunto es para que sirve la formación de una persona si, al final, todo depende del capricho de quien piensa que lo único que importa es su criterio y/ o su ego. Nos formamos, aprendemos unos criterios, valores, conceptos y luego ¿qué? Si la única solución que nos queda es afiliarnos a un determinado partido, sigla, ideología o secta para poder desarrollar lo que tenemos dentro, mal vamos. Todo esto me recuerda a la Alemania de los años treinta donde la única solución que le quedaba a una persona era afiliarse al partido y llevar, orgullosamente en el brazo, uno de los muchos símbolos que los miembros del partido nacional socialista mancillaron con sus podridos principios. Si tener criterio y no estar conforme con determinadas actitudes sólo trae consigo el tener que renunciar a un puesto profesional –además de las mediocres y partidistas críticas de quienes medran a la sombra del poder- mejor que cierren las universidades y abran granjas colectivas como en la China de Mao Zedong. De esa forma nadie se extrañará cuando se den casos como el del despido de la jefa de prensa del teatro Pérez Galdós para colocar a una comisaria política que vele por el buen uso de la “Gran” cultura como algunos dicen.

Eduardo Serradilla Sanchis

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