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La esperanza de Sarkozy

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Si bueno es el libro, excelente es el prólogo de José María Aznar, que comienza diciendo: “Nicolas Sarkozy es una persona a la que se le entiende. No me refiero sólo a lo que dice, a las ideas que expresa. Me refiero en primer lugar a la sensación que transmite una persona, en especial un político, con su presencia, con su mero estar. A Nicolas Sarkozy se le entiende, y se ve que es una persona de fiar”. Esta lectura, a mi entender, es de especial interés ahora en España, donde se están planteando de forma difusa, a veces como auténticos chantajes al Estado de Derecho, muchos y graves problemas sobre el modelo de estado, la cuestión religiosa y las relaciones con la Iglesia Católica y con el islam, la esperanza en un futuro mejor, etc. Ofrece la visión directa de la persona que afrontó muchas de esas cuestiones en Francia, siendo ministro del Interior, que adoptó posturas y tomó decisiones difíciles y con frecuencia controvertidas, pero que siempre lo hizo con claridad, sin esconderse en circunloquios propios del pensamiento Alicia y del “buenismo”, términos acuñados por el profesor Gustavo Bueno para disgusto de Sabater. “Al contrario de lo que dicen muchos expertos, la política sigue interesando y apasionando a nuestros conciudadanos, pero a condición de que quienes intervienen en el debate tengan algo que decir”, dice Sarkozy. Y lo digan con claridad, añado de mi cosecha. Es un insulto a los ciudadanos que, por ejemplo en el parlamento, cuando se pregunta algo concreto al Gobierno, la respuesta sea un paseo por los cerros de Úbeda y no haya forma humana de recordar cual fue la pregunta tras el epatante circunloquio. Eso sí, la culpa de lo que sea es del PP y de Aznar, lo que recuerda a nuestro diputado, q.e.p.d., Fernando Sagaseta para quien el imperialismo americano tenía la culpa hasta de las manchas solares. No estoy muy seguro de las razones por las cuales Nicolas Sarkozy ha sido el preferido en Francia frente a la socialista Ségolène Royal para ser presidente de la República y copríncipe de Andorra, a pesar de que sus duras propuestas electorales no eran las que les hubiera gustado oír a la inmensa mayoría. Tiendo a creer que la razón de fondo fue la claridad y contundencia con que las expresó. Y los franceses pensaron que podían fiarse de Sarkozy. Sólo a personas a las que en el fondo se desprecia y se les considera zafios, ignorantes y manipulables se les promete lo que se sabe es irrealizable y mendaz. Aunque para entender más cabalmente el pensamiento de este personaje es necesario leer el libro, se transcriben tres párrafos relacionados con la cuestión religiosa, artificialmente emparentada en España con la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía: “Se olvida con frecuencia que el Ministerio del Interior es en primer lugar el ministerio de las grandes libertades: libertad de reunión, libertad de manifestación, libertad electoral, libertad de asociación, libertad de movimientos, libertades municipales… Es coherente, pues, que la libertad de cultos se cuente entre ellas. Los fieles de las grandes corrientes religiosas no piden sino libertad para vivir su fe. Difícilmente aceptan que se les perciba como una amenaza, como un peligro. No comprenden la tolerancia natural de la sociedad para con todo tipo de grupos o adscripciones o respeto de comportamientos minoritarios, ni tampoco el sentimiento de desconfianza hacia las religiones. Es una situación que viven como una injusticia”. “Para nuestra sociedad, las religiones constituyen un asunto de gran importancia, pues son portadores de esperanza… Por eso no tengo una concepción sectaria de la laicidad. Ni tampoco la visión de una laicidad indiferente. En la Francia de inicios del tercer milenio, el lugar que ocupa la religión es central. Pero quiero precisar que no se trata de un lugar exterior a la República; no es un puesto que haga competencia a la República. Se trata de un lugar en la República. La República garantiza una laicidad común. La laicidad respeta e incluso defiende el derecho inalienable de todos a practicar su religión y garantizar una libertad está en la base de los valores republicanos”. Por haber sido el impulsor del Consejo Francés de Culto Musulmán, es una persona libre de sospechas de islamofobia. Por eso, en un diálogo televisado sobre el uso del velo islámico en las escuelas tuvo ocasión de decir con franqueza a una mujer que se cubría con un velo: “Al entrar en una mezquita yo me quito los zapatos. Cuando usted entra en una escuela, quítese el velo”.

José Fco. Fernández Belda

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