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Una imagen, cuatro palabras

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No sé si Caballero y Moreno (moreno y poderoso caballero es don dinero: Roberto es el Quevedo del siglo XXI) han acertado en su decisión de finiquitar el Gran Canaria Ballet inventado por Soria, que por cierto siempre se distinguió por colocar los dineros públicos del Cabildo en donde le salía de la entrepierna (la bandera de 60 millones de pesetas es un ejemplo palmario). Cuando vi las fotos supe que los bailarines no tenían razón, aunque realmente la tengan. No lo sé. Sin embargo, defender con insultos, improperios y agresiones un proyecto incipiente no conduce a nada más que a la muerte del mismo. No sé si hubo agresiones físicas a la consejera al estilo Bono, como cuentan algunas crónicas, pero lo que es evidente, al observar las fotografías, es que hubo al menos agresión verbal. Las fotografías no tienen voz, ni siquiera voto, pero dicen más que mil palabras, como reza el refrán chino. En este caso las fotografías del acoso a los consejeros socialistas revelan no quien tiene razón sino quien no la tiene. Unas personas que reivindican el arte del ballet, sus sinuosas formas, su cadencia y su armonía, no pueden perder los estribos públicamente avasallando a representantes públicos. ¿Qué es lo que les hace pensar que el ballet es más importante que otra manifestación cultural no subvencionada? Los bailarines y sus padres (sobre todo sus madres) se han equivocado y han rectificado en sus formas en una rueda de prensa posterior. Han reconocido que no son formas, pero siguen erre que erre con el fondo. Su nerviosa e intolerable actuación les ha hecho perder muchos puntos, además de los estribos. Me temo que las excusas no son suficientes para hacer que el Gran Canaria Ballet vuelva a bailar en el lago de los cisnes. Más bien parece que hemos asistido al último canto del cisne.

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