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Es incompatible ser de izquierda y ser nacionalista

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La incompatibilidad es de origen, puesto que las ideologías políticas se construyen en base a datos y argumentos, por el contrario, el nacionalismo es un sentimiento y, como todos los sentimientos, es ajeno al mundo de lo racional. Eso explica que pueda ser nacionalista todo el espectro político, desde la extrema “izquierda” como es el caso de Eta, a la extrema derecha, como como fue la dictadura franquista. Esto es una razón más que suficiente para que el nacionalismo no tenga cabida en una ideología política que se defina de izquierda, no en vanos este pensamiento político tomó forma en el Siglo de la Razón. Además, si recurrimos a la historia resulta más evidente la incoherencia. Durante la revolución francesa se dio el nombre de izquierda a la ideología política que defendía la igualdad, sin diferencias de clase social o posición económica, la libertad de expresión y asociación, la separación de poderes y los derechos individuales. Esta izquierda entendía el concepto de nación como el conjunto de ciudadanos libres que eligen tener una ley común, una constitución, y esto valía para los habitantes de cualquier territorio, aunque pertenecieran a reinos distintos y/o hablaran diferentes idiomas.

A comienzos del siglo XIX la deriva conservadora de la revolución francesa hizo posible el periodo napoleónico que dio lugar a dos fenómenos: uno, la extensión a nuevos territorios de la ideología de izquierda en toda Europa y dos, propició el nacimiento de un nacionalismo nacido de la lucha contra el francés. La élites conservadoras, como fue el caso del reino de España, se apresuraron a denigrar esta ideología política como algo extranjero, ajeno a las tradiciones y contrario a los preceptos de la iglesia. Este nacionalismo cobraría auge en los años siguiente, cuando los conservadores convirtieron el patriotismo en su seña de identidad y, para la derecha política, la patria estaba por encima de los derechos de los individuos. Por el contrario, la izquierda acentuaba su carácter internacionalista celebrando reuniones, las Internacionales, promoviendo partidos y sindicatos en los que no había diferencias en función del lugar de nacimiento. El objetivo estaba claro, lo que buscaban era la liberación de todos los oprimidos y, de manera inmediata, intentar mejorar las condiciones de vida de la creciente clase obrera exigiendo el derecho al voto universal, algo que consideraban totalmente necesario para cambiar la situación de los más desfavorecidos.

Aparentemente los caminos eran divergentes, pero las tensiones internacionales previas a la primera guerra mundial contaminó a los partidos socialistas, especialmente al francés y al alemán, que en nombre de la nación, de la patria, abdicaron de su condición de internacionalistas para asumir la tesis conservadoras que justificaban la guerra. Es verdad que una parte de la izquierda rechazó el nacionalismo bélico, caso de Rosa Luxemburgo, pero fueron tratados por los dos bandos como traidores. La Gran Guerra hizo posible la Revolución Rusa y con ella se abrieron otros debates. El primero deriva de un sector de la izquierda, fundamentalmente los bolcheviques, que eliminaron de su ideología el respeto a los derechos de los ciudadanos pues  para ellos el fin justificaba los medios. Para esta izquierda la defensa de la “revolución” era razón suficiente para imponer la dictadura del proletariado. La llegada de Stalin al poder afianzó esta forma de entender la izquierda y, para consolidar su poder omnímodo, recurrió, como han hecho todos los dictadores incluido los Castro, al nacionalismo. Es lo que explica porqué esta contemplado en sus “constituciones” un hipotético derecho a la autodeterminación, algo inédito en la historia del constitucionalismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial se creó la ONU y, desde el principio, fue su seña de identidad la libertad y los derechos humanos como objetivos fundamentales para todos los habitantes del planeta. La liberación de las colonias europeas, sometidas a sus metrópolis y privada de los derechos que si tenían los ciudadanos de la mayoría de los imperios coloniales, produjo una abundante legislación internacional en la que se reconocía a estos pueblos el derecho a la autodeterminación. La izquierda apoyó algo tan legítimo -y acorde con sus ideas- como fue el proceso de descolonización en los años cincuenta y sesenta, pero también apoyó la toma y el mantenimiento del poder de los grupos de liberación nacional que negaron tras su triunfo los derechos democráticos básicos a sus conciudadanos. Y, simultáneamente, parte de izquierda política europea incorporó a su ideario el derecho a la autodeterminación de los pueblos que se sienten diferentes, que tienen unas tradiciones distintas a las del vecino, aunque no haya ninguna diferencia jurídica entre ellos. Es decir, asume esta “izquierda” que el sentimiento de sentirse diferentes da derecho a separarse y a “elegir” su propio camino. Lo malo es que justifican que ese sentimiento esté- por encima de los derechos de los individuos. El nacionalismo al tener como único argumento “ser diferentes” es contrario al concepto jurídico de igualdad entre todas las personas, principio básico del pensamiento de izquierda; los sentimientos son muy útiles para explicar la afición a los espectáculos deportivos, el fervor religioso, las manifestaciones populares y otras muchas actividades colectivas, pero no sirve para la construcción de un pensamiento político, y menos de izquierda.

La izquierda canaria, al igual que ocurre a nivel nacional, (excluyo de la izquierda por motivos obvios al partido socialista) vive sumida en un mar de contradicciones y que ahora afloran por el problema que plantea el nacionalismo catalán. Dicen que ellos apoyan el “derecho” a decidir de Cataluña, olvidando que Cataluña es un territorio y los territorios no tienen derecho, eso es algo que la democracia reserva a los ciudadanos, les guste o no la sardana; pero es una característica del nacionalismo arrogarse la representación del “pueblo”, como si todos pensaran igual que ellos. Es un argumento estúpido puesto que por las mismas razones se le tiene que reconocer ese derecho a cualquier otra entidad, isla, pueblo o barrio que aleguen esas mismas “razones”.

Una de los aspectos del nacionalismo que es incompatible con la izquierda es la utilización de la Historia para tratar de justificar su discurso ideológico y de convertir este saber en la base del sentimiento nacionalista. La aplicación de conceptos con su significado actual a los procesos históricos es una constante entre todos los nacionalistas del espectro político. El museo de Historia de Cataluña es un ejemplo concreto de esta visión religiosa de la historia, palabras como nación o constitución se aplican a épocas en las que tales conceptos no existían.

La incompatibilidad más flagrante entre el pensamiento de izquierda y el nacionalismo es, precisamente, su apoyo a las diferencias entre los “pueblos”; es decir, han dado el primer paso en el camino que conduce a la xenofobia y por tanto a la desigualdad entre los ciudadanos. Pero la desigualdad que debe combatir la izquierda es la que impone un sistema económico que tiene sumida a la mayor parte de la ciudadanía en una crisis interminable, afectada por los problemas derivados de la creciente contaminación y con un panorama muy negro para la mayoría de las nuevas generaciones. Es necesario que la izquierda se libere del lastre que supone el nacionalismo y recupere sus señas de identidad: La igualdad, la defensa de los derechos humanos y conseguir un sistema económico que priorice a los ciudadanos y al medio ambiente frente al beneficio empresarial. Una sociedad en la que las leyes del mercado estén subordinadas a las que sirven para amparar los intereses de la mayoría.

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