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El mercadillo de los imposibles

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Pero, aun aceptando el sistema, porque a la fuerza ahorcan, y los partidos no están por la labor de asumir uno nuevo que ponga de patitas en la calle –o sea, en el paro político y laboral- a un montón de culiparlantes, de ineptos, de desconocidos y de paniaguados, sí hay algo que podría hacerse, como mínimo, para evitar que los candidatos y las fuerzas políticas nos tomaran descaradamente el peluquín a los ciudadanos cuando llegan las campañas, y hasta las precampañas electorales. Simplemente, echar de esa carrera hacia el poder –municipal, insular, regional, nacional…– apartar legalmente del escenario de las confrontaciones electorales, de los mítines partidistas, de la publicidad en los medios, a todo aquel aspirante que se aproveche del mercadillo ilusorio de las promesas estériles y de las propuestas imposibles. Cada político que compite en estas confrontaciones sabe cuál es su meta –más o menos posible, más o menos inalcanzable- y, por lo tanto, es consciente de cuáles serán sus competencias y su capacidad de maniobra si logra alcanzar el objetivo que se propone. Un alcalde tiene sus limitaciones, un diputado en la oposición apenas pinta nada, un presidente de una comunidad autónoma manda más, pero no tanto como para poder transformar el territorio sobre el que gobierna –ma non troppo- en un edén aparte o en un paraíso al margen del resto del Estado. Tratar de embaucar al electorado con promesas irrealizables o encandilar a la población con proyectos utópicos, es una actitud censurable, que no debería permitirse, y que sólo demuestra, en principio, la falta de escrúpulos de quienes no sienten el menor rubor al valerse de la ingenuidad del gentío desinformado y crédulo para llevarse el ascua del voto a la sardina de la urna que le conviene. Ni un aspirante a concejal como mucho, o a diputado bisagra, como más, puede cambiar las reglas del mercado del trabajo y acabar con los contratos basura, ni un animoso candidato a la presidencia de una Comunidad estará, caso de vencer, en condiciones de equiparar los sueldos de mujeres y hombres, así, por las buenas y de un plumazo, ni otro, de distinto signo, puede presumir de tener en la manga el as de un plan taumatúrgico para terminar con la pobreza en las Islas. Yo espero que la gente sea más lista de lo que suponen estos prometedores coyunturales y que los propios charlatanes del mercadillo recojan velas y empiecen a presentar al ciudadano programas, proyectos e iniciativas más acordes con la realidad. Más creíbles y factibles, en suma.

José H. Chela

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