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20-N, a modo de balance

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Un desplome socialista vinculado a las consecuencias de la crisis económica y a la pesada losa que suponía para el Gobierno saliente ?y del que formó parte hasta hace pocos meses el candidato Rubalcaba- los cerca de cinco millones de parados en el Estado español. Pero también, al enorme desconcierto y descontento que las medidas del Ejecutivo de Zapatero para afrontar la situación económica había generado en sus bases sociales y electorales y, especialmente, en sus sectores más progresistas.

El Congreso de los Diputados que han elegido los ciudadanos y ciudadanas en las urnas es mucho menos bipartidista, con 54 de los 350 diputados que no pertenecen ni a PP ni a PSOE, frente a los 27, la mitad, de la pasada legislatura; con esta conformación se hubiese impedido una reforma 'express' de la Constitución, como la que sin consultar a los ciudadanos hicieron socialistas y conservadores al final de la legislatura.

Ahora habrá un Parlamento más plural, pese a las restricciones que impone la nueva Ley Electoral, que elimina la precampaña para favorecer a PP y PSOE -que ya llevaban un año en intensa campaña- y evitar que las otras formaciones puedan difundir con más tiempo sus propuestas.

Junto al desplome del PSOE, se produce un repunte importante de IU, que alcanza la decena de escaños, y de UPyD, que pasa de uno a cinco. Por su parte, las distintas organizaciones nacionalistas incrementan su presencia, aportando un total de 23 diputados, dos de ellos de CC-NC.

Resultados

Los resultados del 20-N en Canarias suponen un gran avance del PP, que sube de 6 a 9 escaños, un paralelo retroceso del PSC-PSOE, que pasa de 7 a 4, y un estancamiento a la baja del espacio nacionalista, con la obtención de dos escaños, uno por provincia.

Desde el punto de vista del nacionalismo no podemos estar satisfechos con los resultados cosechados. Ni por los escaños conseguidos, pues las expectativas se situaban en los tres diputados, como apuntaban algunos de los sondeos, lo que nos hubiese asegurado formar grupo propio en el Congreso; ni por la pérdida de apoyos electorales, más en la circunscripción de Santa Cruz de Tenerife, pero también en la de Las Palmas.

Reconocer esa realidad, sin duda compleja, con diversos factores influyendo en la misma, y acertar en el diagnóstico de las causas que la han originado es imprescindible si queremos seguir avanzando en la consolidación de un espacio que se ha mostrado muy relevante para que Canarias tenga interlocutor ante el Gobierno del Estado y sea capaz de reclamar lo que le corresponde.

La mejor noticia para el mundo nacionalista es, precisamente, que las islas orientales, tras atravesar el desierto en la pasada legislatura, vuelven a tener presencia, con Pedro Quevedo, en las Cortes. Él y Ana Oramas serán nuestras voces en Madrid, desde el compromiso de defender a Canarias y a sus singularidades frente al habitual silencio de los partidos estatales.

Oramas y Quevedo tienen ante sí una tarea tan trascendental como complicada. Porque lo harán en un contexto de profundización de la crisis económica, en el panorama de una mayoría absoluta muy amplia y, posiblemente, en el marco de un grupo mixto fragmentado, con la presencia de numerosas fuerzas políticas. Y lo harán con un programa hecho en Canarias y destinado a la defensa de las especificidades de esta tierra y a la mejora del bienestar de su gente.

Sobre la base de ese programa, los dos diputados de CC-NC solicitarán con firmeza situar a Canarias en la media española en financiación autonómica y en inversión en los Presupuestos Generales del Estado. Exigirán, asimismo, que se respeten nuestros derechos, que se cumpla con nuestro REF, vulnerado por los Gobiernos del Estado, del PSOE y del PP. Defenderán un mayor peso de las energías renovables y del conjunto de la I+D, así como el impulso a la FP o las ayudas a los desempleados que se han quedado sin prestaciones. Y mostrarán su firme apuesta por la progresividad fiscal, su compromiso por el desarrollo económico, el empleo, los servicios públicos y la cohesión social.

Acierto

Los resultados, aún siendo inferiores a las expectativas, confirman el acierto que tuvimos al dar el paso de confluir unitariamente NC y CC, dejando a un lado discrepancias recientes (muchas de las cuales siguen persistiendo) para evitar que, como sucediera en 2008, la presentación de dos candidaturas nacionalistas por Las Palmas supusiera su mutua neutralización, la no obtención de acta de diputado alguna y, en definitiva, la frustración del voto emitido por decenas de miles de hombres y mujeres nacionalistas.

Un acierto, acompañado de generosidad y de altura de miras por ambas organizaciones, que ha dado sus frutos. Y que abre puertas al diálogo y a la colaboración, desde la pluralidad del espacio nacionalista canario y el respeto a las decisiones democráticas de cada uno de sus partidos integrantes.

Lo hicimos conscientes de que no todo el mundo lo entendería. De que en las dos organizaciones habría gente a las que les resultaría muy difícil olvidar agravios. Y que los propios y acelerados ritmos que marcaba el calendario electoral, tras el anuncio de Rodríguez Zapatero, en el mes de agosto, de que habría elecciones generales anticipadas en noviembre, muy pocos meses después de la contienda autonómica y local del 22-M, hacían complicado explicar al electorado las bondades del acuerdo establecido; así como la trascendencia política de la concurrencia conjunta del nacionalismo en la actual y difícil coyuntura económica y social que atraviesa Canarias.

Por tanto, creo que no hay lugar para el desánimo, aún a sabiendas de la dura etapa que nos espera. Sí para el análisis colectivo, sosegado y riguroso sobre el presente y futuro del nacionalismo, sin huidas hacia delante ni soluciones precipitadas; aprendiendo de las experiencias y de los errores, poniendo como un valor y no como un problema las diversas orientaciones de pensamiento que conviven en ese espacio, su pluralidad ideológica y organizativa; reconociendo, asimismo, las muchas aportaciones positivas de los nacionalistas a la sociedad canaria en las últimas décadas.

Román Rodríguez

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