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La política de la eficiencia

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El colapso financiero y su aplicación caótica en las bolsas, exigía de alguna manera acciones inminentes en el campo financiero, para no llegar a situaciones límites. De esta manera, se diseñó un plan de rescate, que consistía en inyectar dinero a las entidades financieras; si bien es cierto que impidió la asfixia del sistema financiero, sus efectos no han tenido los resultados esperados. El nerviosismo ante las dimensiones del fracaso del plan de rescate, trasladó al G-20 la necesidad de convocar un encuentro de la nada, liderado por un presidente sin poder de influencia, que gastaba sus últimos meses en plazos protocolarios. La reforma tendría que esperar hasta el 20 de enero, fecha en que Barack Obama juraría su cargo de presidente. De esta manera, parece ser que la recesión actual es sostenible, la reforma puede esperar y estirarse en el tiempo, en espera de algo morfológicamente aún indeterminado que conduzca a la ''normalidad''.

Durante ese tiempo de incertidumbre, se ha discutido sobre el marco regulador de las futuras relaciones financieras. Los acuerdos de Bretton Woods, irrumpían como reforma comparativa, un marco referencial para repetir más que para discutir, así pues, hasta el escenario donde se soldaron los acuerdos, el Hotel Mount, volvía a estar de actualidad. De esta forma, la historia siempre se repite primero como drama para dar paso al espectáculo. Esta segunda reedición es la sombra eterna del pasado, más que la representación del ahora. Los contextos no responden a las mismas lógicas.

El discurso inaugural del nuevo presidente de los EEUU cargado de emoción apelaba al intangible de la esperanza como política. Pero, su traducción como estímulo financiero, no cubrió las expectativas de los agentes financieros; el aire fresco del símbolo Obama se evaporaba en el calor del desierto, más sólido en sí, que una ráfaga de viento.

La economía como estado de ánimo es la muestra clara de una situación a la deriva, donde la política se limita a la eficiencia, esperando a la esperanza, más que actuando en el diseño de salidas eficaces. De esta manera, no es de extrañar que los gobiernos "innoven" en viejas políticas de eficiencia, es decir, a medidas de ajuste presupuestario. La política de la eficiencia se limita al número de fotocopias, a realizar planes temporales, pero no a trazar vías transformadoras, puesto que se quiere cambiar algo sin cambiar nada. Las finanzas siguen por delante de lo político. Por ello, no es de extrañar que los presidentes de los gobiernos clamen a la esperanza y pidan esfuerzos a los ciudadanos, mientras no se juzga los beneficios descomunales de los bancos y los privilegios de las elites, claro está, es más fácil seguir ajustando el trabajo frente al capital, ahogando a la mayoría de la ciudadanía en la precariedad.

El giro a la eficiencia es consecuencia directa de la sujeción de lo político frente a las demandas de la globalización neoliberal. Eficiencia frente a eficacia, la inversión en rescates frente al análisis de reformas, seguir por seguir, caminar por caminar, ese es el horizonte de la política de la eficiencia.

* Licenciado en Sociología.

David Veloso Larraz*

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