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El rosario al volante

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En las Orientaciones para la pastoral de la carretera, elaboradas por el Consejo Pontificio, no sólo se enumeran las faltas morales que el católico puede cometer contra las nuevas normas impuestas –sorpresivamente- por la autoridad eclesiástica, -¿estarán pecando esos estúpidos que nos imponen su música pachanguera a todo volumen desde sus utilitarios?- sino que también se dan consejos muy prácticos para que la conducción sea más segura y llevadera. Según los obispos, claro. Por ejemplo, antes de iniciar un largo viaje, además de conocer el estado de las bujías, la presión de los neumáticos y el nivel del aceite, pongamos por caso, conviene persignarse. Si lo hacen los futbolistas cuando saltan al césped, ¿por qué usted no, cuando se mete en el asfalto? Y ya, avanzando por la carretera, en lugar de conectar el CD y escuchar al Fary, que en paz descanse, se recomienda ir rezando el rosario. Lo dirán sus eminencias con entero convencimiento y buena intención, supongo, pero uno sospecha que, dada la monotonía de esas oraciones, letanías y misterios, la práctica del rosario al volante puede ser de lo más peligrosa, ya que, con bastante probabilidad, provocará el sueño en quien vaya manejando, con riesgo seguro de un tortazo mortal. Esperaré a ver qué dicen los expertos, pero apuesto, desde ya, a que confirman mi pálpito. De momento, sobre el decálogo de marras y las orientaciones vaticanas, ya han alegado hasta los teólogos: Enrique Miret Magdalena, quizás el más conocido en España, ha dicho, por ejemplo y textualmente, que ya está bien. Y que la Iglesia está empezando a meter baza en todas las actividades humanas y en todos los asuntos sociales sin venir a cuento. Si los conductores, añade él y suscribe uno poniéndole coletillas al añadido, cumplen los diez mandamientos de siempre, conducirán bien y procurarán no atropellar a las ancianitas que se les crucen por delante ni chocar contra los domingueros. Pero, si el Vaticano continúa sacando tablas de la ley específicas, aguardo con impaciencia las dedicadas a los constructores, políticos y prestamistas. Un suponer, oigan.

José H. Chela

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