eldiario.es

Menú

¿Y si todos lo sabían…?

En nuestro país, impera la política que bien podríamos llamar de la rémora; es decir, mejor cierro la boca y, a lo mejor, me cae algo

- PUBLICIDAD -

… lo lógico hubiera sido que alguien hubiera dicho algo.

Sin embargo, en nuestro país, impera la política que bien podríamos llamar de la rémora; es decir, mejor cierro la boca y, a lo mejor, me cae algo. Siempre ha sido así, no creo que cambie y, además, tanta gente que hay contenta.

Y de pronto alguien se da cuenta de un hecho tan fortuito como que determinadas personas y/o empresas se aprovechan del dinero público.

Llegados a este punto podría decirles aquello de “¿Qué hay de nuevo, viejo”, “Oiga, amigo, ¿Sabe usted quién soy yo?” o mejor aún “Qué lindo era mi guindo”.

La historia nos cuenta que al calorcito del dinero público florecen toda una pléyade de corruptos – si por lo menos fueran champiñones se podrían comer- individuos y/o instituciones que no dudan en tergiversar la letra de la ley con tal de salirse con la suya. Poco importa el área, la última en saltar por los aires ha sido la producción, distribución y exhibición cinematográfica, un paraje de por si castigado en las últimas décadas, pero si se mira al horizonte los casos son legión.

Y sí. Quienes conocemos un poco el mundillo cinematográfico sabemos las quejas, los abusos y las tropelías que se han cometido en aras de una supervivencia que, al final, en poco ha ayudado a la industria.

En los últimos veinte años, las grandes distribuidoras se han llenado de tecnócratas que piensan tener en sus bases de datos todas las respuestas y que ignorar que vender una película no es lo mismo que vender un kilo de naranjas, por mucho que se empeñen en decir lo contrario. Ahora impera la ley del taponazo mediático, y de amortizar con una película lo que el resto de la cartelera es incapaz de aportar por las erróneas entendederas de quienes han acabado con el negocio del cine en nuestro país.

Ante tal tiranía estadística son pocos los exhibidores que han sabido sobrellevar la debacle, unos por vejez, otros por inexperiencia, y otros, los menos, porque son incapaces de luchar contra la maquinaria establecida. Dicho status quo imperante es el caldo de cultivo ideal para que unos pocos se beneficien y el resto sufra los embates del mercado, la ignorancia del personal y la falta de un sentido común que transformó uno de los negocios más rentables del panorama cultural en un erario.

Súmenle la incapacidad de las múltiples filmotecas por reflejar la pluralidad del séptimo arte y mostrar en pantalla grande aquello que las nuevas generaciones solo han visto en la tele familiar y a nadie debería extrañarle que el cine pierda espectadores un día sí y otro, también.

Y vale que la piratería le ha hecho daño al negocio, pero no tanto como se quiso hacer ver en un principio. De igual forma, el cortoplacismo de los críticos nacionales -que solo reseñan un tipo de película, de un determinado país, con el mismo director y un reparto muy similar- estropea aún más la situación.

Al final, lo único que faltaba para rematarlo todo es una difusa y ambigua política de subvenciones que ha favorecido, eso sí, a una minoría en detrimento de una mayoría. Esto no quiere decir que no se hayan cometido abusos antes y ahora, que las grandes distribuidoras no hayan utilizado el rodillo contra las pequeñas, que no se hayan falseado las cuentas y/o derivado entradas de unas películas hacia otras, y que cada uno haya defendido lo suyo con buena o mala praxis.

Está claro que no están todos los que han sido, pero las barbaridades y los abusos en el negocio cinematográfico han existido desde siempre, aunque, por lo menos, antes, treinta o cuarenta años atrás, había buenos profesionales –personas a las que les gustaba el negocio de la distribución y exhibición cinematográfica- y el negocio del cine estaba lejos de ser ésa pelea de gallos continua que con el tiempo se acabó por convertir.

Lo peor de todo es que, frente a muchos países europeos, en España se ha roto el vínculo que existía entre la población y el hábito de asistir a una sala de cine y ahora, cuando se hace, suele ser para ver películas tópicas o que en nada sirven para crear afición. Y eso es muy triste, si se compara con otros países donde, en pleno mes de noviembre y con una temperatura cercana a los cero grados centígrados, las personas acuden a ver una película sea del género que sea, de la nacionalidad que sea y sin importar el precio y la situación económico-coyuntural-social-mineral a la que muchos recurren para ya no acudir a una sala de cine.

En realidad, no sé qué me molesta más. Si que una serie de mamarrachos se hayan beneficiado de unas ayudas pensadas para beneficiar al séptimo arte, o que el personal que pulula por nuestro país considere que es más guay destrozarse el hígado bebiendo garrafón en vez de ir a disfrutar de una buena película. Si alguien sabe la respuesta que me la diga. Se pueden hacer las dos cosas perfectamente y ninguna excluye a la otra.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha