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El siglo XIX ideal

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Resulta difícil adivinar cuál es el momento tan guay al que quiere el Gobierno devolvernos. Sobre todo porque en esto de destacar tiempos históricos influye el talante ideológico de cada cual; la cuadra de procedencia de cada caballo. Yo, por ejemplo, no recuerdo ningún periodo decididamente positivo. Como mucho, el asombro mundial ante la tecnología española con la invención de la fregona y el chupa chups que inmortalizó el Kojak de Telly Savalas. Pero no creo que Montoro se refiera a tan gloriosas patentes. Más probable es que tenga en la cabeza la política de Aznar de liberalización del suelo que engordó la burbuja inmobiliaria, responsable de que la crisis internacional se agravara en España con un paro ya insoportable; y subiendo.

Me inclino a pensar que la derecha pepera sueña con volver al siglo XIX, que acabó en noviembre de 1975 a nuestros efectos. A partir de entonces comenzó a avanzar el llamado Estado de bienestar, welfare state por mal nombre, que, según el PP, no podemos permitirnos, por lo que Rajoy ha dedicado sus tres primeros meses en La Moncloa a desmontarlo. Olvida, al hablar de lo caro que resulta el bienestar, los fríos porcentajes de la Agencia Tributaria sobre el gasto público social español en relación al PIB; que es el más bajo de Europa (22% del PIB) superado, perdonando el modo de señalar, por Portugal (24%) y Grecia (25%). La media de la UE es el 27%. Son datos que no les interesa airear para no perjudicar el discurso de lo que no podemos permitirnos.

Montoro y el PP miran al XIX porque el conservadurismo español todavía no ha logrado liberarse de la idea de que con un pueblo educado y culto peligran sus privilegios. Y peor si, encima, el fácil acceso a la sanidad lo mantiene en forma para pegarse las grandes caminatas en las manifestaciones de protesta. Por eso los tremendos recortes en Educación, Sanidad, Cultura se acompasan al modelo de privatización y hasta aquí hemos llegado.

La amnistía fiscal a los defraudadores podría inscribirse también en el regreso al pasado. Según la Agencia Tributaria, el 72% del fraude fiscal es cosa de las grandes fortunas, las grandes empresas y la banca. La banca siempre gana, dicen los casineros. Aznar comentó en cierta ocasión que en España los ricos no pagan impuestos y lamento no poder aclararles si fue denuncia de la injusticia o jactancia por el éxito de su política de reducción de la plantilla de la Inspección de Hacienda que disparó la defraudación bajo su presidencia.

Con la amnistía ha favorecido el PP a los defraudadores: les basta pagar el 10% de su dinero oculto para ser perdonados de sus delitos y puedan disfrutar sin inquietud del resto; un porcentaje, que se les exige voluntariamente, muy inferior al de quienes cumplieron en tiempo y forma con Hacienda y que tienen por ello todo el derecho a considerarse pollabobas. Pienso que el espíritu de los bandoleros decimonónicos, los que robaban a los ricos para dárselo a los pobres, está presente aunque revoletee en sentido contrario y favorezca ahora a los ricos. José María el Tempranillo era un caballero.

Y no les cuento de la reforma laboral, que reduce los derechos de los trabajadores para acercarlos a los del campesinado sin tierra del XIX; ni de los indisimulables deseos de cargarse a los sindicatos para llegar, si posible fuera, a los felices días en que aún no se habían inventado; ni de las voces que claman por una nueva ley de huelga restrictiva de ese derecho. Lo dicho: desean un revival del Novecientos y sienten la misma contrariedad de Rajoy al comentar las elecciones andaluzas: no siempre se consigue todo lo que se quiere.

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