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Eso de la soledad

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El caso es que hemos llegado a una coyuntura en la que el desacuerdo es lo cotidiano y el rifirrafe, la expresión vital del sentimiento colectivo. Los acontecimientos se suceden y todos se interpretan en clave de confrontación. Y se ha llegado a un punto en que el ciudadano, el elector, el votante, el opinador, el contribuyente, hasta el desdichado aspirante a la neutralidad, se ve obligado a colocarse a un lado de uno de los púgiles, a apostar por una de las alternativas. No hay más. Nadie acepta que parte de la verdad y de la lucidez puede estar en un bando y parte en el otro. No hay que sintetizar, amalgamar o defender el eclecticismo. Hay que mojarse. Pasan cosas, sin embargo, en este país que pretenden hacer comulgar con ruedas de molino hasta a quienes más cerca se encuentran de las tesis gubernamentales y quisieran mojarse hasta el empapamiento. Y no hay manera de que quien, desde la lucidez y la objetividad, esté en desacuerdo con La Moncloa, porque dejaría de ser lúcido, se lance en brazos de una oposición salida de madre a quien se le empieza a ver, bajo el ondear de las banderas nacionales, el rabillo inquieto del guerracivilismo. Aquí estamos asistiendo ya a una especie de tragicómico sainete desaforado que pone en solfa los cimientos mismos del sistema. Y Montesquieu sin levantar la cabeza no vaya a ser que reciba un tenicazo. (Mientras, a otra escala, autonómica por más señas, asumimos el triunfo de la golfería parlamentaria en una caída de telón de la legislatura, que sería incapaz de superar el mismísimo Mel Brooks). Un problema grave y añadido, para el ciudadano del común, es que los medios más influyentes del país, reconozcámoslo, también han caído en esa dualidad maniquea. Viven de esa dualidad maniquea. No esperen que un determinado rotativo admita un error de Rajoy y compañía, no confíen en la remota posibilidad de que un concreto y todopoderoso conglomerado mediático asuma que el Gobierno se ha equivocado o que Zapatero anda cazando moscas. Por fortuna el lector, el oyente, el espectador sabe de qué va la cosa y se limita a alinearse con los suyos o los que considera más próximos a sus propias filias y fobias. Pero, en los medios progubernamentales y en otros por contagio, se abusa de una fórmula que puede ser contraproducente: la referencia continuada a la soledad del PP. El PP se queda sólo en tal cuestión, dicen. Solamente el PP rechaza tal o cual cosa, titulan. Únicamente el PP se desmarca de tal o cual iniciativa, en fin. No se falta a la verdad, pero se trasmite un mensaje optimistamente peligroso. Parece como si hubiese, por un lado, una abrumadora mayoría y, por el otro, una minúscula parte de la sociedad española, representada por el PP, en contra de todo, con el ánimo de incordiar y de retornar al machito. Pero, no es así. Ni mucho menos. Cuando se dice “el PP se queda solo” defendiendo tal cosa o censurando tal otra, se está hablando en realidad de quienes representan, aproximadamente, la mitad del electorado de esta nación. Con matices, pero así es, más o menos. ¿Qué tipo de soledad es ésa? Minusvalorar esta realidad o pretender ignorarla puede tener, a medio plazo, consecuencias verdaderamente importantes. O sea…

José H. Chela

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